Estimados Opoeliteratos:
En esta entrada os paso el comentario filológico III, Fuerça fizieron los sabios, fragmento perteneciente a la obra de Alfonso X el Sabio.
Espero que os sea de ayuda.
Atentamente,
Alejandro Aguilar Bravo
Nos encontramos ante un fragmento en prosa historiográfica-didáctica perteneciente a una obra del escritorio de Alfonso X el Sabio, es decir, a esa gran producción cultural impulsada en la corte alfonsí durante la segunda mitad del siglo XIII. El pasaje presenta el tono propio de la estoria medieval: un relato que no se limita a narrar, sino que se detiene para explicar y justificar, como ocurre cuando el narrador anuncia que quiere “departir” el asunto “agora aquí” (lín. 7) y “a logar más guisado” (lín. 7–8), dejando ver una organización discursiva consciente y razonada.
La importancia de Alfonso X en la historia del castellano es decisiva porque su proyecto político y cultural convirtió la lengua romance en un instrumento apto para tareas que antes quedaban reservadas al latín. Con Alfonso X, el castellano se consolida como lengua de saber y de administración: sirve para escribir historia, derecho, ciencia y traducción. En este contexto cobra especial relieve la idea del “castellano derecho”, entendida como la voluntad de fijar un modelo lingüístico más estable, más claro y más prestigioso, capaz de expresar con precisión contenidos complejos. No se trata solo de “usar” castellano, sino de cultivarlo: ordenar el discurso, nombrar con exactitud, definir, razonar y construir una prosa que aspire a ser normativa.
Ese propósito se percibe en el propio fragmento, donde el texto avanza con una lógica explicativa que encadena causas y razones, apoyándose en conectores como “porque” (lín. 5; lín. 10) y en estructuras organizadoras como “Lo uno… lo ál…” (lín. 8–9). Además, aparece un rasgo muy alfonsí: la combinación de autoridad racional y erudición enciclopédica, visible en la mención de los “sabios” y “altos omnes” (lín. 1) junto con la integración de mitología clásica mediante la enumeración de divinidades como “Júpiter” (lín. 10), “Neptuno” (lín. 16), “Febo” (lín. 17) y “Pallas” (lín. 18). Así, el fragmento se inserta de manera coherente en la empresa alfonsí: una prosa que busca enseñar, ordenar el saber y hacerlo accesible en un castellano cada vez más “derecho”, más sistemático y más apto para la cultura escrita.
En cuanto al plano del contenido, el fragmento desarrolla una secuencia claramente expositiva dentro del marco de un relato historiográfico más amplio. El narrador recuerda que ya se ha tratado el hecho de la ciudad y de sus distintos nombres, pero advierte que aún no se ha explicado quién impuso el nombre de Atenas ni por qué motivo. A partir de esta constatación, decide detener el curso del relato para aclarar esa cuestión en el lugar que considera más adecuado dentro de la estoria.
El pasaje expone, en primer término, que la ciudad tuvo diversos nombres y que uno de ellos era el más empleado en determinado momento. A continuación, se plantean dos posibles causas para la imposición del nombre de Atenas. Una se vincula con el rey Cicrops, que reinaba entonces, y otra con el sacrificio realizado a Júpiter. La falta de acuerdo entre los sabios y hombres principales, que sostenían opiniones distintas y no lograban conciliar sus posturas, conduce finalmente a la intervención de los dioses, cuya presencia dota al episodio de un componente mitológico integrado en el discurso histórico.
El tema central del fragmento es, por tanto, la explicación del origen del nombre de la ciudad de Atenas. No se trata simplemente de relatar un acontecimiento, sino de justificar su causa y ofrecer una interpretación ordenada de los hechos. Esta dimensión etiológica, centrada en esclarecer el porqué de una denominación, encaja plenamente en la concepción medieval de la historia como saber explicativo.
Desde el punto de vista estructural, el texto se organiza en tres momentos bien diferenciados. En primer lugar, se formula el problema y se justifica la necesidad de abordarlo en ese punto concreto del relato. En segundo lugar, se presentan de manera ordenada las dos hipótesis que intentan explicar el cambio de nombre. En tercer lugar, se muestra la falta de acuerdo entre los sabios y la consiguiente apelación a la autoridad divina. La progresión del discurso se apoya fundamentalmente en la coordinación y en la acumulación de elementos, lo que contribuye a una exposición fluida y característica de la prosa medieval.
Una vez analizado el contenido, resulta necesario proceder a la datación del texto a partir de los rasgos lingüísticos que presenta. Tal como exige el comentario filológico, la adscripción cronológica no debe basarse únicamente en la atribución externa a una obra de Alfonso X, sino en la observación interna de los elementos gráficos, fónicos, morfosintácticos y léxico-semánticos que configuran el sistema de la lengua en el fragmento. Es precisamente el análisis de estos planos el que permite confirmar, matizar y fundamentar la localización en el castellano del siglo XIII.
En este sentido, conviene recordar que los distintos niveles de la lengua no funcionan de manera aislada, sino interrelacionada. Las grafías remiten a un determinado estadio fonológico; las formas verbales y pronominales reflejan un sistema morfosintáctico concreto; el léxico revela tanto herencias etimológicas como elecciones culturales propias de una época. El conjunto de estos rasgos constituye un haz coherente que permite identificar el momento histórico de la lengua.
A continuación, comenzaremos con el análisis del plano fónico-fonológico y gráfico, ya que es uno de los niveles que ofrece indicios más claros para la datación medieval del texto, especialmente en lo relativo al sistema de sibilantes, a las palatalizaciones y a determinadas convenciones escriturarias propias del siglo XIII.
Comenzamos la datación por el estudio del vocalismo, uno de los aspectos más reveladores desde el punto de vista filológico, ya que permite observar fenómenos evolutivos propios del castellano medieval. Analizaremos, por tanto, el vocalismo tónico y átono, atendiendo a la presencia o ausencia de apócope extrema, a los resultados de la diptongación y a las posibles vacilaciones vocálicas.
En relación con la apócope, entendida como la pérdida de vocal final, conviene recordar que en el castellano antiguo este fenómeno podía ser extremo, afectando incluso a palabras que hoy conservan su vocal final. Sin embargo, en el fragmento no encontramos ejemplos claros de apócope extrema del tipo infant, tod o much. Por el contrario, se observa una conservación bastante estable de las vocales finales, como en omnes (lín. 1; lín. 11), nombres (lín. 2), sacrificio (lín. 9), contienda (lín. 10), hermanos (lín. 16) o dioses (lín. 14; lín. 20). Esta estabilidad indica que nos hallamos en un estadio en el que la apócope extrema ya no domina el sistema, lo que resulta compatible con el castellano del siglo XIII.
No obstante, sí aparecen fenómenos de elisión gráfica que podrían confundirse con apócope, pero que en realidad responden a la contracción de la preposición de ante vocal. Así ocurre en formas como d’esta (lín. 1), d’esto (lín. 4), d’este (lín. 6), d’otra (lín. 13) o d’aquella (lín. 14; lín. 15). Estos casos no constituyen apócope léxica, sino una práctica escrituraria frecuente en la prosa medieval.
En cuanto al vocalismo tónico, debe señalarse que las vocales breves latinas Ĕ y Ŏ diptongan regularmente en castellano medieval en ie y ue. En el fragmento encontramos ejemplos claros de esta evolución en formas como tienén (lín. 15), procedente de TENENT, o abinién (lín. 13), donde la vocal tónica refleja la evolución romance. Asimismo, la forma cibdad (lín. 2), heredera de CIVITATEM, muestra la evolución propia del castellano medieval, anterior a la fijación moderna ciudad. Aunque en el texto no abundan ejemplos espectaculares de diptongación como tierra o buen, sí se aprecia un sistema plenamente romance y asentado.
Por lo que respecta al vocalismo átono, el castellano medieval se caracteriza por cierta vacilación en la fijación de las vocales no acentuadas. En el fragmento observamos ejemplos significativos como estoria (lín. 8), frente a la forma moderna historia, lo que refleja la inestabilidad de la vocal inicial átona. Del mismo modo, logar (lín. 7) aparece en lugar de lugar, mostrando una oscilación frecuente entre o y u en posición átona. También se documenta guisa (lín. 12–13), forma medieval frente al moderno guisa o guise según contexto, que mantiene la vocal heredada sin regularización posterior. Estos ejemplos revelan un estadio previo a la completa fijación vocálica que caracterizará etapas posteriores.
El vocalismo del fragmento muestra rasgos coherentes con el castellano del siglo XIII. La ausencia de apócope extrema generalizada, la conservación de las vocales finales, la presencia de diptongaciones regulares y la vacilación en vocales átonas configuran un sistema plenamente medieval, anterior a la estabilización fonética y gráfica que se consolidará en siglos posteriores.
Continuamos ahora con el estudio del consonantismo, ámbito especialmente significativo para la datación medieval del texto, ya que el sistema consonántico del castellano del siglo XIII presenta rasgos claramente diferenciados del español actual, tanto desde el punto de vista gráfico como fonológico.
En primer lugar, por lo que respecta a la F inicial latina, en el castellano medieval se documenta frecuentemente su conservación gráfica como f, antes de su aspiración y posterior pérdida en determinados contextos. En el fragmento encontramos un ejemplo claro en “fizo” (lín. 9), forma heredera de FECIT, que mantiene la grafía f inicial. Este tipo de formas es característico de la prosa medieval, anterior a la fijación moderna hizo, donde la f etimológica ya ha desaparecido en la escritura. La presencia de fizo confirma un estadio medieval en el que la grafía responde aún a una tradición etimológica.
Dentro del consonantismo, el sistema de las sibilantes constituye uno de los indicadores más seguros para situar el texto en el castellano medieval. Entre los siglos X y XV el español poseía un sistema complejo de siete fonemas sibilantes organizados en pares sordos y sonoros, además de la africada prepalatal sorda /tʃ/. Este sistema incluía africadas dentoalveolares /ts/ y /dz/, fricativas apicoalveolares /s/ y /z/, y fricativas prepalatales /ʃ/ y /ʒ/, que posteriormente se reorganizaron durante el reajuste fonológico del Siglo de Oro, dando lugar al sistema moderno reducido.
En el fragmento se documentan claramente varias de estas realizaciones medievales.
En primer lugar, la africada dentoalveolar sorda /ts/, representada gráficamente por ç ante a, o, u y por c ante e, i, aparece en “fuerça” (lín. 1) y en “estonçes” (lín. 3; lín. 10). En estos casos, la grafía ç no debe interpretarse con el valor actual interdental /θ/, sino como reflejo de aquella africada medieval. La presencia sistemática de esta grafía confirma que el texto pertenece a un estadio anterior al reajuste de las sibilantes.
En segundo lugar, la africada dentoalveolar sonora /dz/, representada por z, se documenta en “razón” (lín. 6) y en “sazón” (lín. 9; lín. 14). En el castellano medieval esta z no equivalía al sonido moderno, sino que representaba una africada sonora distinta de la sorda escrita con ç. La coexistencia gráfica de ç y z en el fragmento evidencia que ambas oposiciones fonológicas estaban aún vivas.
Por lo que respecta a las fricativas apicoalveolares, el texto muestra ejemplos de s intervocálica en “dioses” (lín. 14; lín. 20) y “deessas” (lín. 20). En el sistema medieval, la s entre vocales podía representar la fricativa sonora /z/, distinta de la sorda inicial o final. Aunque la grafía es la misma, el valor fonológico difería según el contexto, lo que demuestra la complejidad del sistema medieval frente a la simplificación posterior.
En cuanto a las fricativas prepalatales, el fragmento no presenta ejemplos de x con valor /ʃ/ como en dixo ni de j o g con valor /ʒ/ como en gente u ojo, pero sí ofrece un sistema gráfico coherente con el periodo en que estas oposiciones existían. La ausencia de x en este pasaje concreto no invalida la datación, pues el resto de las oposiciones sí están representadas.
Tampoco se documenta en este fragmento la africada prepalatal sorda /tʃ/ representada por ch, aunque su existencia formaba parte del sistema medieval junto a las demás sibilantes.
Lo verdaderamente significativo es que en el texto conviven grafías que reflejan oposiciones fonológicas hoy desaparecidas, como la distinción entre ç en “fuerça” y z en “razón”. Esta convivencia solo es posible en un estadio anterior al reajuste del siglo XVI, cuando las antiguas africadas y fricativas sonoras se ensordecieron y se redistribuyeron articulatoriamente, dando lugar al sistema moderno.
Por tanto, el tratamiento de las sibilantes en el fragmento constituye una prueba lingüística sólida para situarlo en el castellano medieval pleno, compatible con la segunda mitad del siglo XIII. La conservación del sistema complejo de oposiciones sibilantes confirma, desde el plano fonológico y gráfico, la adscripción alfonsí del texto.
En cuanto al sistema de labiales, el fragmento no permite documentar una alternancia plena b/v en una misma palabra, pero sí refleja el marco gráfico medieval en el que ambas grafías conviven sin normalización ortográfica estricta. Así, aparece b en “abinién” (lín. 13) y v en “regnava” (lín. 9), lo que resulta coherente con un estadio anterior a la fijación ortográfica posterior, aunque aquí no se observe poligrafismo interno de un mismo lexema.
El sistema de palatales ofrece también rasgos claramente medievales. Se documenta la palatal lateral ll en “llamolos” (lín. 14), “llamavan” (lín. 17), “ella” (lín. 20) y “ello” (lín. 13), resultado de procesos de palatalización romances ya asentados. Igualmente significativa es la presencia de la palatal nasal ñ en “tenié(n)” (lín. 15) y “abinién” (lín. 13), grafía que representa el fonema nasal palatal característico del romance. La estabilidad de estas grafías confirma que el sistema palatal medieval está plenamente configurado.
En lo que respecta al sistema de velares, el fragmento no ofrece ejemplos de grafías como qual o quando, pero sí muestra una tradición gráfica anterior a la simplificación moderna en palabras como “Cicrops” (lín. 8; lín. 14), donde la secuencia consonántica refleja fidelidad a la forma culta heredada. La conservación de grafías etimológicas en nombres propios es frecuente en la prosa alfonsí, que tiende a mantener cierta erudición gráfica.
El fenómeno del polimorfismo y poligrafismo, frecuente en la lengua medieval, se aprecia en la coexistencia de formas como “estonçes” (lín. 3; lín. 10) con grafía ç, que en otros textos puede alternar con estonces o estonzes. Aunque en el fragmento no se ofrece una alternancia directa de la misma palabra en dos grafías distintas, sí se observa un sistema todavía no plenamente fijado, característico de un momento de transición.
Las amalgamas, entendidas como la unión gráfica de dos elementos, aparecen claramente en el texto. Se documentan casos como “d’esta” (lín. 1), “d’esto” (lín. 4), “d’este” (lín. 6), “d’otra” (lín. 13) y “d’aquella” (lín. 14; lín. 15), donde se fusionan preposición y demostrativo mediante elisión vocálica. Asimismo, encontramos “llamolos” (lín. 14), unión de verbo y pronombre enclítico, rasgo muy característico de la sintaxis medieval. Estas amalgamas son propias de la escritura del periodo y contribuyen a su identificación cronológica.
La grafía x con valor equivalente al sonido prepalatal fricativo, tan común en la Edad Media, no aparece en este fragmento concreto; sin embargo, sí se constata el uso sistemático de z con valor sonoro, como en “razón” (lín. 6) y “sazón” (lín. 9; lín. 14), lo que confirma la vigencia del sistema medieval de sibilantes diferenciadas.
Por tanto, el consonantismo del fragmento refleja un estadio claramente medieval: conservación de f inicial en fizo, sistema de sibilantes con distinción gráfica entre ç y z, presencia estable de palatales ll y ñ, vacilación labial en b y v, uso de amalgamas y mantenimiento de grafías etimológicas. Todos estos rasgos, considerados de manera conjunta, confirman la adscripción del texto al castellano del siglo XIII y, en coherencia con su contenido y estilo, al ámbito de la prosa alfonsí.
Pasamos, por tanto, al plano morfosintáctico, que ofrece indicios especialmente sólidos para la datación del fragmento en el castellano del siglo XIII. El sistema verbal, el repertorio de conectores y el comportamiento de los clíticos responden a un estadio medieval pleno, coherente con la prosa historiográfica del entorno alfonsí.
En lo que respecta a sustantivos y adjetivos, el léxico nominal del fragmento procede mayoritariamente del latín, como es habitual en la prosa alfonsí, aunque integrado en una sintaxis ya plenamente romance. Encontramos sustantivos como “cibdad” (lín. 2), heredero de CIVITATEM, “nombre” (lín. 3; lín. 6), “razón” (lín. 6), “sacrificio” (lín. 9), “contienda” (lín. 10), “dioses” (lín. 14; lín. 20) o “cielo” y “tierra” (lín. 16), todos ellos de base latina. La forma “cibdad” resulta especialmente significativa, pues conserva una grafía medieval anterior a la fijación moderna “ciudad”. Asimismo, “omnes” (lín. 1; lín. 11) muestra la pervivencia de la forma heredada del acusativo plural latino HOMINES, lo que evidencia restos casuales latinos integrados ya en el sistema romance.
En cuanto al orden del adjetivo, el texto ofrece ejemplos en los que el adjetivo sigue al sustantivo, como en “omnes buenos e sabios” (lín. 11), lo que se ajusta al orden más frecuente en castellano medieval, aunque no excluye otras posibilidades. La coordinación de adjetivos mediante “e” refuerza el carácter acumulativo propio de la sintaxis medieval.
El sistema verbal aporta indicios cronológicos decisivos. Destacan los imperfectos en -ié, característicos de los siglos XII y XIII, como “avié” (lín. 2), “tenié(n)” (lín. 15), “dizié(n)” (lín. 12) y “abinié(n)” (lín. 13). Estas formas, anteriores a la generalización moderna en -ía, constituyen una de las pruebas más sólidas de datación. Asimismo, aparece el perfecto “ovieron” (lín. 13), que conserva la vocal etimológica o procedente de perfectos fuertes latinos en -UI, fenómeno que perdura hasta el siglo XVI pero que es plenamente habitual en la etapa alfonsí.
Se documenta también la forma “fizo” (lín. 9), derivada de FECIT, que mantiene la raíz medieval antes de la regularización moderna hizo. El verbo “regnava” (lín. 9) muestra igualmente una grafía y morfología propias del periodo. Por otra parte, el empleo del verbo “aver” con valor posesivo o auxiliar es habitual en la época, y la forma “avié” (lín. 2) confirma su vigencia como núcleo del sistema verbal medieval.
En el plano pronominal, el fragmento ofrece rasgos muy característicos. Destaca la combinación clítica “gele” (lín. 6), correspondiente al dativo más acusativo, propia del sistema medieval anterior a la fijación moderna se lo. También se observa la posposición del pronombre átono en “llamolos” (lín. 14), donde el enclítico se une al verbo, fenómeno frecuente hasta el siglo XVI. Del mismo modo, aparecen formas como “ello” (lín. 13) y “ella” (lín. 20), que mantienen el sistema pronominal heredado del latín.
En relación con el artículo, el texto presenta usos plenamente medievales. La forma “la cibdad” (lín. 2) responde al género femenino actual, pero es sabido que en la Edad Media podían darse vacilaciones en sustantivos que comenzaban por vocal. Aunque en este fragmento no aparece un caso como “el estoria”, sí se documenta “la estoria” (lín. 8), que muestra la fijación femenina en este contexto concreto.
En el ámbito de los adverbios, resulta especialmente significativo el uso de “agora” (lín. 7), forma frecuente durante toda la Edad Media y aún viva en el siglo XVI, pero posteriormente desplazada por “ahora”. También aparece “estonçes” (lín. 3; lín. 10), evolución medieval del latín EX TUNC, forma que convivió con “entonces” hasta su fijación posterior. La presencia de “non” en “non se abinién” (lín. 13) evidencia la alternancia medieval entre non y no, rasgo característico del periodo anterior a la simplificación moderna.
En el terreno de las conjunciones, el texto documenta varias formas arcaicas de gran valor cronológico. La concesiva “maguer que” (lín. 4) es especialmente significativa, ya que su uso se documenta hasta el siglo XVI, pero es característica del castellano medieval. Asimismo, se emplea “comoquier que” (lín. 2), también concesiva, y la adversativa “peró” (lín. 2; lín. 5), grafía medieval anterior a la fijación moderna “pero”. La reiteración de la conjunción copulativa “e” a lo largo de todo el fragmento, en lugar de “y”, responde igualmente a la tradición medieval.
Perfecto. Vamos a profundizar en la sintaxis con más finura, porque aquí es donde de verdad se ve la “mano medieval” del texto. No añadimos teoría suelta: todo apoyado en ejemplos concretos.
Desde el punto de vista sintáctico, el fragmento responde claramente al modelo de prosa medieval anterior al predominio de la subordinación compleja renacentista. El discurso se construye fundamentalmente por coordinación y encadenamiento acumulativo, no por estructuras hipotácticas densas. La conjunción copulativa “e” aparece de forma reiterada a lo largo de todo el pasaje: “los sabios e los altos omnes” (lín. 1), “la cibdad de Atenas e de sos nombres” (lín. 4), “omnes buenos e sabios” (lín. 11), “dioses e deessas” (lín. 20). Esta repetición no es mera insistencia estilística, sino el mecanismo estructural básico del periodo: la progresión del discurso se articula por adición sucesiva de miembros coordinados.
El carácter paratáctico del texto se aprecia también en la acumulación de proposiciones enlazadas sin subordinación compleja. En el pasaje donde se presentan las hipótesis sobre el nombre, la correlación “Lo uno… lo ál…” (lín. 8–9) organiza el contenido en bloques paralelos, procedimiento típico de la sintaxis medieval. Esta estructura correlativa es anterior al uso más frecuente de conectores analíticos modernos como “por un lado… por otro lado”, y constituye un rasgo identificable de la prosa del siglo XIII.
La subordinación existe, pero es clara y lineal, no encajada en estructuras múltiples. Por ejemplo, en “comoquier que avié ý muchos nombres” (lín. 2), la concesiva introducida por “comoquier que” presenta una subordinación sencilla, no ramificada. Del mismo modo, “maguer que lo avemos ya departido” (lín. 4) introduce otra concesiva directa, de estructura transparente. No encontramos subordinaciones en cascada ni estructuras con múltiples niveles de incrustación, lo que confirma un estadio sintáctico anterior a la complejidad barroca.
Es especialmente significativo el uso reiterado de conectores causales explícitos: “porque” (lín. 5) y “E porque” (lín. 10). La causalidad se formula de manera clara y externa, sin ambigüedades. La sintaxis medieval tiende a hacer visible la relación lógica entre las proposiciones, en lugar de confiarla a la inferencia del lector.
Otro rasgo relevante es el orden oracional. En “non se abinién en ello” (lín. 13), la negación precede al verbo, como es habitual. Sin embargo, la colocación de clíticos revela una flexibilidad mayor que en el español moderno. La forma “llamolos” (lín. 14) muestra enclisis al verbo en posición no necesariamente inicial absoluta, fenómeno característico del castellano medieval. En el español actual esta estructura estaría restringida a ciertos contextos, mientras que en el periodo alfonsí es habitual.
Asimismo, la estructura “dizién de una guisa e los otros d’otra” (lín. 12–13) presenta un paralelismo sintáctico claro, con elipsis del verbo en el segundo miembro. Este tipo de construcción coordinada con supresión de elementos repetidos es frecuente en la prosa medieval y refuerza la simetría del discurso.
La sintaxis nominal también ofrece rasgos significativos. El grupo “los sabios e los altos omnes” (lín. 1) muestra duplicación del artículo, fenómeno común en el castellano medieval cuando se coordinan sustantivos o adjetivos con cierta independencia semántica. Del mismo modo, “los omnes buenos e sabios” (lín. 11) presenta una estructura nominal amplia, con adjetivos coordinados pospuestos al sustantivo, siguiendo el patrón dominante del periodo.
De esta manera, la sintaxis del fragmento se caracteriza por la linealidad, la coordinación acumulativa, el paralelismo estructural y la claridad en la explicitación de relaciones lógicas mediante conectores. No hay aún predominio de subordinaciones complejas ni una sintaxis jerarquizada de gran profundidad. Este modelo responde plenamente a la prosa historiográfica alfonsí, donde el objetivo es explicar y ordenar el saber con claridad, mediante estructuras que avanzan por suma y correlación más que por incrustación hipotáctica.
Pasamos ahora al plano léxico-semántico, nivel especialmente revelador para confirmar la adscripción del fragmento al castellano del siglo XIII y, más concretamente, al ámbito cultural alfonsí. El léxico no solo refleja la cronología de la lengua, sino también la intención cultural del texto y su inserción en un proyecto historiográfico de carácter enciclopédico.
En primer lugar, destaca la presencia de vocabulario propio del discurso historiográfico y racional. Palabras como “estoria” (lín. 8), “razón” (lín. 6), “departido” (lín. 4) y “departir” (lín. 7) pertenecen al campo semántico del saber y la explicación. El verbo “departir”, hoy restringido a usos más específicos, en la Edad Media significa ‘tratar, discutir, exponer ordenadamente’, y su empleo en el fragmento revela una conciencia metadiscursiva propia de la prosa alfonsí. No se narra sin más, sino que se “departen” las materias.
Asimismo, el sustantivo “omnes” (lín. 1; lín. 11) constituye un arcaísmo léxico característico del castellano medieval, heredero directo del latín HOMINES. Aunque posteriormente evolucionará a “hombres”, la forma medieval se mantiene en este estadio lingüístico. Del mismo modo, “cibdad” (lín. 2) refleja una fase anterior a la fijación moderna “ciudad”, lo que confirma la cronología medieval del texto.
El campo semántico político-urbano está representado por términos como “cibdad” (lín. 2), “rey” (lín. 8) y “regnava” (lín. 9), mientras que el ámbito religioso-mitológico aparece en “sacrificio” (lín. 9), “dioses” (lín. 14; lín. 20), “dios” (lín. 17), “cielo” y “tierra” (lín. 16). La presencia de “sacrificio” (lín. 9) es particularmente significativa, pues se trata de un cultismo procedente del latín SACRIFICIUM, frecuente en textos de carácter erudito. Su inclusión confirma la dimensión culta y no popular del discurso.
La enumeración de divinidades clásicas como “Júpiter” (lín. 10; lín. 15–17), “Neptuno” (lín. 16), “Febo” (lín. 17) y “Pallas” (lín. 18) refuerza el carácter enciclopédico y universalista del texto. Este léxico mitológico no es anecdótico, sino propio del programa cultural alfonsí, que integra saber clásico en lengua romance. La combinación de elementos cristianos y paganos dentro de un mismo relato historiográfico es una marca distintiva del proyecto alfonsí.
En el ámbito de los arcaísmos léxicos, además de “omnes”, aparecen voces como “sazón” (lín. 9; lín. 14), que en el castellano medieval significa ‘tiempo, momento oportuno’, y “guisa” (lín. 12–13), con el sentido de ‘modo, manera’, hoy relegado a usos lexicalizados como “de esta guisa”. También “otrossí” (lín. 16; lín. 20), adverbio equivalente a ‘también’, es un claro arcaísmo medieval que desaparecerá progresivamente del uso común. Estas formas no son residuales, sino habituales en la prosa del siglo XIII.
El adverbio “agora” (lín. 7) constituye otro rasgo léxico propio de la Edad Media y del Siglo de Oro temprano, posteriormente sustituido por “ahora”. Del mismo modo, “estonçes” (lín. 3; lín. 10) representa la forma medieval derivada de EX TUNC, anterior a la fijación moderna “entonces”.
Se observa también un léxico que refleja alternancia y variación propia del periodo medieval. La coexistencia de formas como “nombre” (lín. 3; lín. 6) y “nombres” (lín. 2) dentro de una estructura discursiva que reflexiona sobre la denominación muestra un interés semántico por la nominación, típico de la historiografía medieval, donde el nombre tiene valor explicativo y fundacional.
No se documentan en este fragmento extranjerismos romances evidentes ni arabismos con el artículo al- inicial, pero sí se aprecia la fuerte impronta latina en el vocabulario culto y la integración de nombres propios de tradición clásica. Tampoco aparecen fórmulas notariales ni expresiones jurídicas estereotipadas, lo que confirma que el texto no pertenece al ámbito legislativo, sino al historiográfico.
El plano léxico-semántico del fragmento ofrece un vocabulario coherente con el castellano del siglo XIII y con el programa cultural alfonsí. La presencia de arcaísmos como “omnes”, “otrossí” y “sazón”, la abundancia de cultismos como “sacrificio”, el uso metadiscursivo de “departir” y la integración de onomástica clásica configuran un léxico propio de la prosa erudita medieval. Este conjunto de rasgos confirma, una vez más, la adscripción del texto al ámbito alfonsí y al castellano medieval pleno.
En definitiva, la adscripción alfonsí del pasaje se sostiene por la convergencia de indicios de distinta naturaleza. En el plano gráfico-fónico, la oposición medieval de sibilantes se observa en ç de “fuerça” (lín. 1) y “estonçes” (lín. 3; lín. 10) frente a z de “razón” (lín. 6) y “sazón” (lín. 9; lín. 14), junto con formas como “fizo” (lín. 9). En el plano morfosintáctico, los imperfectos en -ié (“avié”, lín. 2; “dizié(n)”, lín. 12; “abinié(n)”, lín. 13; “tenié(n)”, lín. 15), la negación “non” (lín. 13), las concesivas “comoquier que” (lín. 2) y “maguer que” (lín. 4), y el clítico doble “gele” (lín. 6) sitúan el texto en el castellano medieval pleno. Finalmente, el plano léxico y discursivo refuerza el perfil alfonsí mediante la prosa explicativa y ordenadora (“departir”, lín. 7; “porque”, lín. 5; lín. 10; “Lo uno… lo ál…”, lín. 8–9) y la integración enciclopédica de mitología clásica (“Júpiter”, lín. 10; “Neptuno”, lín. 16; “Febo”, lín. 17; “Pallas”, lín. 18). Todo ello permite concluir, con base interna suficiente, que nos hallamos ante un texto propio del periodo alfonsí.

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