4 de marzo de 2025

OPOELITERARIA. COMENTARIO NARRATIVO IV. FRAGMENTO DE PEPITA JIMÉNEZ, DE JUAN VALERA.




El fragmento propuesto pertenece a la novela Pepita Jiménez (1874), obra de Juan Valera, uno de los autores más representativos del Realismo español de la segunda mitad del siglo XIX. El Realismo se caracteriza por su voluntad de reflejar la realidad de manera objetiva y verosímil, mediante la observación detallada de los comportamientos humanos, la descripción minuciosa de los personajes y el análisis de los condicionamientos sociales y morales que determinan sus acciones. Frente al subjetivismo romántico, esta corriente opta por un narrador distanciado, un lenguaje claro y preciso y una atención especial a la psicología de los personajes y a su inserción en un contexto social concreto. Estas características se manifiestan de forma evidente en el fragmento analizado, centrado en la presentación de varios personajes clave y en la exposición de la situación social y familiar que dará origen al conflicto narrativo.

Dentro de la obra de Juan Valera, Pepita Jiménez destaca por su equilibrio entre la ironía, el análisis psicológico y la crítica suave —pero constante— de ciertas convenciones sociales. El fragmento pertenece a la parte inicial de la novela y cumple una función fundamentalmente introductoria, pues presenta a don Gumersindo, a Pepita y a su entorno familiar, preparando al lector para el acontecimiento decisivo que cierra el texto: la inesperada proposición de matrimonio.

Desde el punto de vista de la historia, el fragmento se articula como una amplia caracterización de personajes y de su situación vital. En primer lugar, se describe a don Gumersindo, un anciano extremadamente cuidadoso de su aseo personal, cuya vestimenta, aunque vieja y raída, se presenta siempre limpia e impecable. El narrador insiste en este rasgo mediante ejemplos concretos, como la reiteración de las mismas prendas a lo largo de los años y la imposibilidad de que nadie recuerde haberle visto estrenar ropa. Esta descripción no solo cumple una función física, sino que introduce ya un matiz irónico, al contraponer la pulcritud casi obsesiva con una tacañería proverbial, resumida en la afirmación de que estaba dispuesto a sacrificarse “con tal de que no le costase un real”.

A continuación, el narrador ofrece una caracterización moral del personaje, destacando sus cualidades positivas —afabilidad, servicialidad, compasión—, pero siempre matizadas por una leve ironía. Don Gumersindo aparece como un hombre sociable, alegre y amigo de burlas, habitual en fiestas y reuniones siempre que no impliquen gasto. En el plano afectivo, se subraya que nunca ha sentido una inclinación amorosa profunda, aunque gusta de requebrar a todas las mujeres “inocentemente, sin malicia”, lo que refuerza su imagen de viejo galante y algo ridículo, más cercano a la caricatura amable que al personaje trágico.

Tras esta extensa presentación, el narrador introduce a Pepita mediante una relación de contraste. Se señala que don Gumersindo es su tío y que entre ambos existe una desproporción extrema de edad y de posición social: él, poderoso y cercano a los ochenta años; ella, joven, pobre y desvalida, a punto de cumplir dieciséis. Esta oposición prepara el terreno para el conflicto central del fragmento y dota de mayor impacto al desenlace.

La caracterización de la madre de Pepita refuerza aún más este contexto social. Se la presenta como una mujer vulgar, de “cortas luces” y “instintos groseros”, dominada por la queja constante y la conciencia amarga de su pobreza. Aunque ama a su hija, convierte ese amor en un reproche continuo, lamentándose de los sacrificios que realiza y de la vejez miserable que le espera. A este panorama se suma la figura del hijo mayor, jugador y pendenciero, cuya conducta irresponsable agrava la situación económica familiar. El narrador detalla cómo, tras ser despedido de su empleo en La Habana, el muchacho continúa pidiendo dinero, lo que intensifica la desesperación de la madre y explica que toda su esperanza se cifre en “una buena colocación” para Pepita. Este dato resulta clave para comprender el sentido social y moral de la propuesta final de don Gumersindo.

En este contexto de precariedad y angustia comienza don Gumersindo a frecuentar la casa y a requebrar a Pepita con mayor insistencia. Sin embargo, el narrador subraya lo inverosímil que resulta imaginar que un anciano de ochenta años, que nunca quiso casarse, albergue semejante intención. Esta afirmación crea una expectativa irónica y explica que ni Pepita ni su madre sospechen sus verdaderos propósitos. El fragmento culmina con un brusco giro narrativo: la proposición de matrimonio formulada de manera directa y sin rodeos —“Muchacha, ¿quieres casarte conmigo?”—, que rompe con el tono descriptivo anterior y funciona como auténtico detonante del conflicto.

El tema principal del fragmento es el matrimonio como solución social y económica, entendido no como fruto del amor, sino como mecanismo de supervivencia y ascenso social. Junto a este tema central aparecen otros secundarios, como la desigualdad social, la precariedad económica, la hipocresía de las convenciones sociales y la ironía con que el narrador observa determinadas actitudes humanas.

Estructuralmente, el fragmento presenta una organización progresiva. En una primera parte se desarrolla la descripción física y moral de don Gumersindo; en una segunda, se expone la situación familiar y económica de Pepita; finalmente, se produce el desenlace con la inesperada proposición de matrimonio. Esta estructura permite que el lector comprenda plenamente el alcance del acontecimiento final y su significado social.

Desde el punto de vista actancial, siguiendo el modelo de Greimas, don Gumersindo puede interpretarse como Sujeto que persigue un Objeto concreto: el matrimonio con Pepita. El Destinador de esta acción es su propio deseo tardío, mientras que el Destinatario es él mismo, que busca compañía y quizá una forma de perpetuación simbólica. Pepita aparece como Objeto del deseo, pero también como posible Sujeto pasivo de una estrategia social que podría beneficiar a su madre. La pobreza y la presión social actúan como Ayudantes implícitos, mientras que la diferencia de edad y la inverosimilitud moral de la propuesta funcionan como Oponentes.

En cuanto al tiempo y el espacio de la historia, el tiempo es impreciso, propio de una narración realista, aunque se sitúa en una etapa prolongada de la vida de los personajes. El espacio es fundamentalmente el ámbito doméstico y social del pueblo, descrito de manera indirecta a través de las costumbres y relaciones.

Desde el análisis del relato, el fragmento presenta un narrador externo, heterodiegético, en tercera persona, que no participa en la acción y adopta una postura distanciada e irónica. El narratario es implícito. La focalización es externa, aunque con ocasionales valoraciones del narrador que orientan la interpretación del lector, como cuando califica de “desatinado” suponer las intenciones matrimoniales de don Gumersindo. Estas intervenciones no suponen una focalización interna, sino una mirada crítica propia del narrador realista.

La modalidad discursiva predominante es el discurso narrativizado, empleado en la caracterización y en el resumen de acciones habituales (“se desvivía por complacer”, “frecuentaba la casa”), combinado con el discurso directo, que aparece de forma puntual pero decisiva en la proposición final de matrimonio. No se aprecia el uso del discurso indirecto libre, ya que el narrador mantiene siempre una clara distancia respecto a la conciencia de los personajes y no adopta su lenguaje interior.

En cuanto al tiempo del relato, el orden es lineal; la duración se corresponde con el sumario narrativo en la mayor parte del fragmento, pues se condensan largos periodos de tiempo, y culmina en una escena final marcada por el diálogo directo. La frecuencia es singulativa, ya que los hechos se narran una sola vez.

El fragmento constituye un ejemplo muy representativo del Realismo de Juan Valera, tanto por la minuciosa caracterización de los personajes como por la atención a las condiciones sociales y económicas que determinan sus acciones. La ironía del narrador y el desenlace inesperado convierten una situación aparentemente cotidiana en el punto de partida de un conflicto moral y social de gran alcance dentro de la novela.

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