4 de marzo de 2025

OPOELITERARIA. COMENTARIO POÉTICO. NOCHE OSCURA DEL ALMA, DE SAN JUAN DE LA CRUZ.

Estimadas Opoeliteratas:

En esta entrada os paso el comentario poético del poema Noche oscura del Alma, de San Juan de la Cruz. Espero que os sea de ayuda.

Atentamente,

Alejandro Aguilar Bravo.





Nos hallamos ante Noche oscura del alma, un texto literario de género lírico compuesto en ocho liras garcilasianas, elaborado por **San Juan de la Cruz, autor plenamente integrado en el Renacimiento español. La elección de la lira, con su alternancia de heptasílabos y endecasílabos, proporciona al poema una musicalidad contenida y a la vez intensa, especialmente adecuada para expresar un proceso interior que avanza desde el secreto y la oscuridad hacia la unión transformante. Desde el inicio, el texto propone una alegoría amorosa que, en realidad, narra el itinerario del alma —la Amada— hacia Dios —el Amado—, hasta consumar esa unión que el propio poema formula con rotundidad en el núcleo semántico de la composición: “¡Oh noche que juntaste / Amado con amada / amada en el Amado transformada!”.

El poema se sitúa en el siglo XVI, época de esplendor cultural y tensiones religiosas. El Renacimiento impulsa el humanismo, la valoración del individuo y la armonía formal, pero en la España de la Contrarreforma se acentúa una espiritualidad exigente, orientada al control doctrinal y a una religiosidad intensa. Este clima favorece el desarrollo de la ascética y la mística, como búsquedas de perfección y de contacto directo con lo divino. La experiencia mística aspira a expresar lo inefable, y por ello la literatura adopta el símbolo y la metáfora como estrategias privilegiadas: se habla de noche, de escala, de encuentro amoroso o de suspensión de los sentidos para nombrar realidades espirituales. En Noche oscura del alma esta tensión se resuelve con una naturalidad asombrosa: parece una escena de amor clandestino, pero en cada verso late un sentido trascendente.

La lírica renacentista se caracteriza por la asimilación de modelos italianos, por la búsqueda de equilibrio, claridad y musicalidad, y por un lenguaje cuidado que idealiza el amor y la naturaleza. En la tradición garcilasiana, el sentimiento se expresa con contención, armonía y elegancia. Sin embargo, en la poesía mística esos rasgos se reorientan: el amor deja de ser solamente experiencia humana para convertirse en vía de conocimiento espiritual; la belleza formal deja de ser un adorno para convertirse en el cauce de una verdad interior; la naturaleza y los elementos sensoriales se transforman en símbolos del itinerario del alma. Así, lo que en otros poetas sería un tópico amoroso, en San Juan se convierte en teología poética: el “Amado” ya no es un tú humano, sino Dios, y la “Amada” representa el alma que desea fundirse con Él.

San Juan de la Cruz, junto con Teresa de Jesús, es la figura capital de la mística española. Su obra poética se concentra en tres grandes composiciones. En *Llama de amor viva, el alma aparece abrasada por el amor divino y expresa el gozo final de esa presencia que quema y purifica; en *Cántico espiritual, el poema adopta la forma de un diálogo amoroso de resonancias bíblicas, donde el alma busca, pregunta y finalmente halla al Amado; y en Noche oscura del alma, el proceso se describe como tránsito nocturno, como salida secreta y como encuentro culminante, insistiendo en el valor purificador de la oscuridad y en la primacía de la guía interior. En este texto, además, se observa el rasgo más característico del autor: la capacidad de decir, con palabras sencillas y de gran belleza, una experiencia espiritual de enorme complejidad.

En el plano del contenido, el poema relata la salida de la Amada en “una noche oscura”, movida por “ansias en amores inflamada”. Esta imagen inicial establece ya la clave temática: el alma desea a Dios con un amor vehemente, y ese deseo la impulsa a abandonar la “casa” —símbolo del mundo, del yo, de las ataduras sensibles— para dirigirse al encuentro con el Amado. La escena se desarrolla en secreto: “salí sin ser notada”, y ese secreto no es un simple recurso narrativo, sino la expresión simbólica de un proceso interior que no se exhibe, que sucede en lo más profundo. La noche, además, no es solo oscuridad externa: es también vaciamiento, desprendimiento, purificación. Por eso el poema puede llamar a la noche “dichosa ventura”: porque en esa oscuridad se prepara la unión.

En cuanto a la estructura, el poema se organiza conforme al esquema clásico de las vías de la mística, que articulan el proceso de unión del alma con Dios.

Las dos primeras estrofas corresponden a la vía purgativa, en la que el alma inicia su salida del mundo sensible y del yo. La “noche oscura” simboliza el proceso de despojamiento interior, mientras que expresiones como “salí sin ser notada” o “estando ya mi casa sosegada” aluden al abandono de las potencias sensibles y al recogimiento necesario para emprender el camino espiritual.

Las estrofas tercera y cuarta desarrollan la vía iluminativa, caracterizada por la aparición de la luz interior que guía al alma. Frente a la ausencia de visión externa (“ni yo miraba cosa”), se impone la certeza de la guía espiritual (“la que en el corazón ardía”), presentada como más segura que la luz física. En este tramo, el alma avanza con pleno conocimiento del Amado, hacia el encuentro preparado.

El resto del poema se inscribe en la vía unitiva, que alcanza su culminación en la quinta estrofa, verdadero núcleo temático del texto. En ella se consuma la unión transformante entre el Amado y la Amada, expresada mediante la palabra clave “juntaste” y la fórmula “amada en el Amado transformada”. Las estrofas finales desarrollan las consecuencias de esta unión, caracterizadas por el reposo, la suspensión de los sentidos y el olvido del mundo, signos inequívocos de la plenitud mística alcanzada.

En lo relativo a las funciones del lenguaje, predomina la función poética, visible en la musicalidad, en la distribución métrica y en la riqueza simbólica. Sin embargo, la función expresiva es intensa: las exclamaciones de la estrofa quinta y el tono de confidencia del relato (“salí sin ser notada”) revelan una vivencia personal. La función simbólica articula el texto entero: noche, escala, luz del corazón, encuentro, suspensión de sentidos y olvido no son solo elementos narrativos, sino signos de un proceso espiritual.

Desde el plano fónico, la selección sonora está íntimamente ligada al tema. El poema abre con una concentración de vocales oscuras en “noche oscura”, y esta reiteración de o y u crea una atmósfera de profundidad y recogimiento, adecuada a la vía purgativa. La oscuridad vocal acompaña el despojo. A medida que el texto progresa hacia la unión, aparecen con mayor brillo vocales claras en palabras como “amada”, “Amado”, “alborada”, y el contraste refuerza la transición interior: del ocultamiento a la plenitud amorosa. En el consonantismo, la presencia frecuente de nasales, especialmente la n, consonante nasal, alveolar y sonora, genera una resonancia íntima y envolvente que se ajusta al carácter interior del poema. Puede observarse su recurrencia en secuencias como “noche”, “notada”, “ansias”, “inflamada”, “nadie”, “corazón”, donde la nasalidad contribuye a un tono de confidencia, como si el poema se pronunciara hacia dentro. La La nasal, labial, oclusiva (M) también aportan suavidad y continuidad, especialmente en pasajes de unión y reposo como “amada en el Amado transformada” o “el rostro recliné sobre el Amado”, donde la sonoridad acompaña la idea de fusión.

La métrica de la lira, con su cadencia equilibrada, ordena la emoción para que el arrebato no se desborde sin forma. Esto es decisivo en un poema místico: la experiencia es intensa, pero la expresión debe ser precisa. Los encabalgamientos suaves contribuyen a la sensación de avance continuo, como sucede cuando el sentido fluye entre versos y reproduce el movimiento del alma que no se detiene hasta el encuentro. En la prosodia destaca la modalidad exclamativa, particularmente en la quinta estrofa, donde la triple invocación a la noche convierte el poema en un estallido controlado de júbilo: la exclamación, aquí, no es ornamento, sino señal de plenitud, porque la unión con el Amado es el clímax del itinerario.

En el plano morfológico, la morfología nominal se apoya en sustantivos de fuerte carga simbólica. “Noche”, repetida y cualificada como “oscura” y “dichosa”, deja de ser un tiempo físico para convertirse en estado del alma. “Casa” en “estando ya mi casa sosegada” simboliza el ámbito interior que debe aquietarse para permitir el tránsito, y su repetición refuerza la idea de que la purificación implica silencio y orden. “Luz” aparece primero negada (“ni yo miraba cosa”) y luego interiorizada (“la que en el corazón ardía”), de modo que el sustantivo se integra en la vía iluminativa, mostrando cómo el alma deja de depender de la claridad externa para seguir la guía íntima. En la morfología verbal, el uso de pretéritos como “salí”, “guiaba”, “juntaste”, “quedé” y “dejéme” presenta el proceso como una historia completa, como un camino ya recorrido cuya culminación confirma el tema: no se trata de deseo frustrado, sino de unión lograda. Resulta especialmente significativa la forma verbal “juntaste”, que asigna a la noche —símbolo del proceso purificador— la acción decisiva que culmina el recorrido. En la morfología adjetival, los adjetivos no describen solo cualidades externas: “secreta”, “disfrazada”, “segura” pertenecen al campo del ocultamiento y refuerzan la purgación; “amable” aplicada a la noche señala la inversión mística del sentido; “serena” en “su mano serena” subraya que la herida amorosa del Amado no es violencia destructiva, sino toque transformante. En la morfología adverbial, expresiones como “a oscuras”, “en secreto”, “sin otra luz”, organizan el itinerario espiritual mediante marcas de modo que insisten en el tema: para llegar al Amado, el alma debe caminar sin apoyos sensibles. En la pronominalización, el yo aparece, pero se desposee progresivamente: “salí”, “yo miraba”, “me guiaba” muestran la marcha; “Quedé y olvidéme” marca la anulación final, donde el pronombre reflexivo ya no afirma al yo, sino que lo disuelve en el Amado.

En el plano sintáctico, el poema alterna periodos relativamente amplios con exclamaciones breves de fuerte intensidad. En las estrofas iniciales, la sintaxis se organiza alrededor de la acción de salir y avanzar, con complementos circunstanciales que acumulan matices de secreto: “salí sin ser notada”, “por la secreta escala”, “a oscuras y en celada”. Esta acumulación no es redundante, sino progresiva: cada circunstancia añade un grado de desprendimiento del mundo, acorde con la vía purgativa. En las estrofas iluminativas, la sintaxis construye un razonamiento afectivo: el alma no ve, pero es guiada; no tiene otra luz, pero esa luz arde en el corazón. La comparación “más cierto que la luz del mediodía” introduce un giro lógico dentro del lirismo: la certeza interior supera la evidencia exterior, lo cual conecta directamente con el tema de la unión, pues el Amado se alcanza por fe y amor, no por visión sensible. En la estrofa quinta, la sintaxis se rompe en exclamaciones, y esa ruptura reproduce el momento de la unión: el lenguaje ya no narra con calma; estalla porque el tema llega a su punto culminante. Finalmente, en la última estrofa, la coordinación y la repetición de formas verbales (“Quedé…”, “recliné…”, “cesó…”, “dejéme…”, “dejando…”) producen una cadencia de apagamiento progresivo: la sintaxis misma parece quedarse sin mundo, como el alma que deja su “cuidado” olvidado.

En el plano léxico, el poema utiliza un lenguaje culto, pero de apariencia transparente. La grandeza sanjuanista está en que no necesita barroquizar el diccionario para elevar la experiencia: basta con palabras esenciales cargadas de símbolo. El campo léxico del amor humano aparece en “amada”, “Amado”, “regalaba”, “cabellos”, “cuello”, “pecho”, pero su función no es sensualista, sino mistagógica: lo amoroso se convierte en camino hacia lo divino. Del mismo modo, el léxico de la ocultación y del secreto (“oscura”, “secreta”, “disfrazada”, “celada”, “nadie me veía”) construye el marco de la purificación, mientras que el léxico de la luz interior (“luz”, “guía”, “corazón ardía”, “mediodía”) define la iluminación. El léxico de reposo y suspensión (“dormido”, “suspendía”, “cesó todo”, “olvidéme”) expresa la unión como plenitud que supera la actividad humana.

En el plano semántico, la palabra clave es “juntaste”, situada en la estrofa quinta, porque condensa el sentido último del poema: no se trata solo de buscar, sino de unir; no solo de acercarse, sino de fundirse. Esa palabra activa todo el campo conceptual de la unión mística y convierte a la “noche” en agente del proceso: la purificación no es un obstáculo, sino el medio que permite la unión. Como palabras testigo, “Amado” y “amada” organizan la alegoría y sostienen el tema de modo constante, culminando en la fórmula “amada en el Amado transformada”, donde se expresa el grado máximo de unión: la transformación. Las isotopías del texto se articulan en torno a la oscuridad y la luz, el secreto y la revelación, el movimiento y el reposo. La “noche” aparece primero como oscura y luego como dichosa; la “luz” no procede del exterior, sino del “corazón”; el movimiento de salir y subir por la escala culmina en el reposo del Amado “dormido” y en la suspensión de los sentidos. Entre las figuras de pensamiento destaca la paradoja “noche amable más que la alborada”, que presenta la purificación como gozosa porque conduce a la unión. También sobresale la hipérbole afectiva en “más cierto que la luz del mediodía”, que subraya la supremacía de la guía interior en el camino hacia el Amado. En cuanto a tópicos, se reconoce el amor como vía de conocimiento y la anulación del yo como condición de plenitud, visible en “Quedé y olvidéme” y en “dejando mi cuidado… olvidado”.

Finalmente, desde la intertextualidad, en el sentido propuesto por Julia Kristeva, el poema dialoga con tradiciones diversas. La huella del Cantar de los Cantares es perceptible en el tono nupcial y en la figuración amorosa de la relación alma-Dios. La tradición neoplatónica se reconoce en la concepción del ascenso interior y en la idea de transformación del alma al unirse con el principio supremo. También resulta pertinente aludir al misticismo sufí, cuya expresión poética recurre igualmente al lenguaje amoroso para hablar de unión con lo divino, y que comparte la noción de pérdida del yo como condición del encuentro. La influencia de Noche oscura del alma se proyecta de forma decisiva en la poesía posterior, tanto espiritual como moderna, porque ofrece un modelo de intensidad interior y de simbolismo depurado: un poema capaz de convertir una escena de amor secreto en la representación más poderosa de la unión del alma con Dios.

Noche oscura del alma armoniza forma renacentista y contenido místico para expresar con precisión y belleza el itinerario de la unión transformante. La noche purifica, la luz interior guía y, finalmente, el alma se une al Amado hasta quedar transformada en Él. Si el poema comienza “en una noche oscura”, termina en un olvido luminoso: el yo deja su cuidado y reposa “sobre el Amado”, porque el tema se ha cumplido plenamente, y la palabra “juntaste” ha sellado, en el centro del texto, la victoria del amor místico.

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