4 de marzo de 2025

OPOELITERARIA. COMENTARIO NARRATIVO III. FRAGMENTO DE LA COLMENA, DE CAMILO JOSÉ DE CELA.

Estimados Opoeliteratos:

En esta entrada os paso el comentario narrativo III (Elaborado) de un fragmento de La Colmena, de Camilo José de Cela.
Espero que os sea de ayuda.
Atentamente,
Alejandro Aguilar Bravo.





Nos hallamos ante un fragmento narrativo en prosa perteneciente a la novela La colmena, escrita por Camilo José Cela y publicada en 1951. El fragmento se localiza en una escena doméstica y cotidiana, centrada en un conflicto familiar protagonizado por Victorita, uno de los numerosos personajes que conforman el universo coral de la obra. Aunque se trata de un episodio aparentemente anecdótico, adquiere un notable valor significativo al mostrar cómo los dramas individuales se desarrollan en espacios íntimos y comunes, reforzando así la visión fragmentaria y colectiva que articula la novela.

La obra se inscribe plenamente en la novela social de la posguerra española, corriente narrativa desarrollada en las décadas de 1940 y 1950 con el propósito de ofrecer un retrato crítico de la realidad posterior a la Guerra Civil. En este contexto, la narrativa abandona cualquier forma de idealización y adopta un realismo descarnado, atento a la pobreza material, la frustración vital y la ausencia de horizontes que determinan la existencia de los personajes. La sociedad aparece representada como un espacio opresivo en el que la desgracia se convierte en una experiencia compartida, constante y prácticamente inevitable.

Considerada una de las obras más representativas de esta corriente, La colmena ofrece un amplio retrato colectivo del Madrid de posguerra a través de una estructura fragmentaria y la acumulación de historias mínimas. Cela no construye héroes ni grandes gestas, sino que presenta vidas anónimas atravesadas por la miseria, el fracaso y la frustración. En este conjunto, el fragmento analizado se integra como una muestra concreta de ese mundo degradado, donde la desgracia no constituye un hecho excepcional, sino una condición habitual que define la existencia de los personajes y da pleno sentido al proyecto narrativo de la novela.

A continuación, se procede al análisis de la historia del fragmento, atendiendo al resumen, al tema, a la estructura y al estudio de los personajes, que se abordará desde el modelo actancial propuesto por Algirdas Julien Greimas.

Durante la cena, Victorita mantiene una fuerte discusión con su madre a causa de su relación sentimental con un joven enfermo. El enfrentamiento verbal degenera progresivamente en insultos, amenazas y culmina en una agresión física por parte de la madre. Victorita responde con firmeza en el plano verbal y con pasividad corporal ante la violencia, abandona la cocina y se refugia en su habitación, donde llora en soledad. El padre interviene de forma tardía y poco efectiva, mientras que la madre impone el silencio final obligando a apagar la luz. El tema del fragmento es, por tanto, la desgracia asociada a la violencia ejercida sobre la mujer joven en el ámbito familiar, manifestada a través de la agresión verbal, moral y física como mecanismo de control y dominación social.

El texto presenta una estructura tripartita, organizada según la intensificación progresiva de la desgracia que afecta a Victorita: primero anunciada verbalmente, después consumada físicamente y, finalmente, interiorizada en el silencio.

La primera parte (líneas 1–9), desde «Victorita, a la hora de la cena, riñó con la madre» hasta «si te deja en estado, aquí no pisas», se centra en el enfrentamiento verbal entre madre e hija. A través del diálogo directo, la madre articula un discurso basado en el insulto, la amenaza y la descalificación (“tísico”, “microbios”, “mocosa”), anticipando la desgracia como un destino inevitable ligado a la relación amorosa de la joven. La desgracia aparece aquí como amenaza futura, asociada al deshonor, la enfermedad y el castigo social, mientras Victorita intenta afirmar su autonomía mediante respuestas firmes, aunque todavía contenidas.

La segunda parte (líneas 10–16), desde «Victorita se puso blanca» hasta «tenía en los dientes», constituye el clímax del fragmento. La desgracia deja de ser únicamente verbal y se materializa en la violencia física, con las bofetadas propinadas por la madre. La reacción de Victorita —inmóvil, silenciosa, limpiándose la sangre— intensifica el dramatismo de la escena y subraya la interiorización del daño. La desgracia se manifiesta ahora como realidad corporal e irreversible.

La tercera parte (líneas 17–25), desde «Victorita se levantó de golpe y salió de la cocina» hasta «y la apagó», traslada la acción al espacio íntimo de la habitación. El llanto solitario de Victorita y la intervención tardía del padre refuerzan la sensación de abandono. El mandato final de la madre (“apaga la luz”) adquiere un fuerte valor simbólico, pues no solo clausura la escena, sino que representa el silenciamiento definitivo de la desgracia, asumida en la oscuridad.




En el fragmento aparecen tres personajes: Victorita, la madre y el padre. Victorita es el personaje central, una joven sometida a una violencia constante que, sin embargo, no se muestra pasiva en el plano moral, ya que defiende verbalmente su posición y mantiene una notable entereza ante la agresión física. Su llanto posterior no indica debilidad, sino la interiorización de la desgracia. La madre encarna la figura autoritaria y agresiva, representante de la violencia normalizada ejercida en nombre de la moral y el control social. El padre, por su parte, aparece como un personaje secundario y silenciado, cuya intervención tardía y resignada lo convierte en cómplice pasivo del conflicto.

Desde el punto de vista del modelo actancial de Greimas, Victorita actúa como sujeto del relato, orientado hacia el objeto de la afirmación de su libertad afectiva y vital. El destinador es su propio deseo de autonomía, mientras que el destinatario de esa búsqueda es ella misma. La madre se configura como el oponente principal, respaldada por una moral social represiva, y el padre desempeña el papel de ayudante insuficiente, cuya actuación no logra modificar el desenlace, reforzando así la soledad del sujeto frente a un sistema de violencia estructural.

Desde una perspectiva narratológica, atenderemos al análisis del relato. Para ello, seguiremos las categorías establecidas por Gérard Genette en Figures III. El fragmento presenta un narrador externo y heterodiegético, situado fuera de la historia narrada y caracterizado por una aparente objetividad. El narrador se limita a registrar acciones, palabras y gestos sin emitir juicios explícitos, lo que intensifica la percepción de la desgracia como un hecho cotidiano y normalizado.

El narratario es de grado cero, ya que el relato no se dirige a un destinatario explícito, sino a un lector que adopta una posición de observador externo. Esta ausencia de interpelación directa obliga al lector a enfrentarse sin mediaciones al conflicto, convirtiéndolo en testigo silencioso de la desgracia ajena, de forma paralela a la actitud del padre dentro de la escena.

En cuanto a la focalización, predomina una focalización externa, pues el narrador no accede directamente a la conciencia de los personajes. No obstante, a través de indicios físicos y conductuales (“se puso blanca”, “se secó la sangre”, “llanto entrecortado”), se permite al lector inferir el estado emocional de Victorita, lo que refuerza la representación de la desgracia desde fuera, sin consuelo introspectivo.

En cuanto a las modalidades del discurso, el fragmento presenta un claro predominio de la modalidad dialogada, ya que la acción se desarrolla fundamentalmente a través del discurso directo. Este recurso no solo aporta verosimilitud, sino que sitúa al lector como testigo inmediato del conflicto, sin mediación interpretativa del narrador. La desgracia se construye así en tiempo real, a través de las propias palabras de los personajes, que funcionan como instrumentos de agresión y dominio. El diálogo no sirve para el intercambio, sino para el enfrentamiento, lo que refuerza la violencia del episodio.

Dentro del discurso dialogado, adquieren especial relevancia las modalidades oracionales empleadas por los personajes. Predominan las interrogativas retóricas y las exclamativas, especialmente en boca de la madre, como «¿Cuándo dejas a ese tísico?» o «¡Golfa!», que convierten la palabra en ataque. Estas modalidades no buscan información ni expresan emoción espontánea, sino que imponen un juicio y desautorizan al interlocutor. De este modo, la desgracia se articula lingüísticamente como humillación y amenaza constante.

Junto a estas modalidades, aparece con fuerza la modalidad imperativa, visible en órdenes como «apaga la luz». El imperativo representa el grado máximo de dominación discursiva, ya que transforma la palabra en mandato y cierra cualquier posibilidad de réplica. La desgracia culmina así en el silenciamiento impuesto, no solo físico, sino también comunicativo.

Frente a este discurso autoritario, Victorita emplea mayoritariamente la modalidad enunciativa afirmativa, como en «Yo sé lo que necesito» o «lo que me pase es cosa mía». Estas declaraciones buscan afirmar la identidad y la autonomía del personaje, pero quedan anuladas por la agresividad del discurso materno. La oposición entre la modalidad afirmativa de Victorita y la interrogativa, exclamativa e imperativa de la madre refuerza la asimetría del conflicto y sitúa a la protagonista en una posición de indefensión.

Finalmente, el fragmento se completa con breves pasajes de discurso narrativo en estilo indirecto, mediante los cuales el narrador encuadra el diálogo («Victorita se puso blanca», «el padre había estado callado»). Esta modalidad narrativa, sobria y objetiva, intensifica la desgracia al registrar los hechos sin comentario ni juicio, reforzando su carácter cotidiano y normalizado.

Por lo que respecta al tiempo del relato, el orden es lineal y cronológico, sin rupturas temporales, lo que contribuye a la sensación de inevitabilidad de la desgracia. La duración se corresponde con la escena, ya que el tiempo del relato coincide prácticamente con el tiempo de la historia, intensificado por el uso del diálogo directo. En cuanto a la frecuencia, la narración es singulativa, aunque el contenido del diálogo sugiere que se trata de una desgracia reiterada y habitual, lo que amplía su alcance más allá del episodio concreto.

En conjunto, el análisis del relato pone de manifiesto que Cela recurre a una técnica narrativa sobria y aparentemente neutra para representar una realidad profundamente degradada. La combinación de narrador externo, focalización mayoritariamente externa y tiempo escénico convierte la desgracia en una experiencia visible, inmediata e incontestable, coherente con el proyecto crítico y social de La colmena.

A continuación, se realizará el análisis de los planos lingüísticos de este fragmento de la novela de Camilo José Cela, La colmena.

En el plano fónico, el fragmento construye una sonoridad áspera y violenta que contribuye decisivamente a la configuración de la desgracia que vive Victorita. Aunque se trate de un texto narrativo en prosa, el predominio del diálogo directo dota al pasaje de una marcada dimensión acústica, de modo que la desgracia no solo se manifiesta en los hechos narrados, sino también en el impacto sonoro del lenguaje.

En primer lugar, destaca la reiteración de fonemas oclusivos sordos, especialmente /t/ y /k/, perceptibles en palabras clave del enfrentamiento como «tísico», «microbios», «qué», «tampoco» o «aquí no pisas». Estos fonemas se caracterizan por una articulación brusca y cerrada, que genera una sensación de golpe seco, acústicamente violento. Esta dureza fónica refuerza la agresividad del discurso materno y anticipa la desgracia física que se producirá más adelante, de modo que el conflicto corporal se anuncia ya en el plano sonoro.

Junto a ellos, adquieren un papel relevante los fonemas fricativos sordos, especialmente /s/, presentes de forma insistente en expresiones como «sí», «sabes», «cosa mía», «estado» o «así». La prolongación de este fonema genera un efecto de tensión sostenida, semejante a un siseo persistente que acompaña todo el intercambio verbal. Desde el punto de vista expresivo, esta fricción sonora contribuye a representar la desgracia no como un estallido puntual, sino como una presión constante que se va acumulando y desgastando emocionalmente a la protagonista.

Resulta especialmente significativa la presencia del fonema vibrante /r/ en palabras directamente vinculadas al conflicto y a la desgracia, como «riñó», «riñó con la madre», «reacción» (implícita en los gestos), «sangre» o «llorar». La vibración de este fonema introduce una sensación de temblor e inestabilidad, que refuerza la violencia emocional de la escena y conecta fónicamente con el desorden y la fractura que caracterizan la desgracia vivida por Victorita.

Asimismo, el uso frecuente de oraciones exclamativas e interrogativas imprime al discurso una entonación elevada, abrupta y agresiva, cercana al grito. Las curvas melódicas ascendentes propias de estas modalidades oracionales intensifican la carga violenta del diálogo y convierten la palabra en un instrumento de ataque. La desgracia se construye así también desde la entonación, que reproduce acústicamente la dominación y el conflicto.

Finalmente, el plano fónico adquiere un fuerte valor simbólico en el contraste entre el ruido del enfrentamiento verbal y el silencio final. Tras la acumulación de sonidos duros, exclamaciones y amenazas, la escena se cierra con el llanto entrecortado de Victorita y la orden de apagar la luz. Este apagamiento acústico funciona como metáfora de la desgracia interiorizada: después del estallido sonoro de la violencia, se impone el silencio, que no libera, sino que sella definitivamente el dolor. De este modo, el plano fónico contribuye de manera coherente a la representación de la desgracia como experiencia sonora, emocional y vital.

En cuanto al plano morfológico, el fragmento construye la desgracia mediante un uso muy expresivo de las distintas categorías gramaticales, que contribuyen a materializarla como una experiencia física, moral y social. Desde la morfología nominal, destacan los sustantivos de fuerte carga negativa vinculados a la enfermedad y al cuerpo, como «tísico», «microbios», «vientre» o «sangre», que convierten la desgracia en una realidad tangible e inscrita en el cuerpo femenino. Junto a ellos, aparecen sustantivos injuriosos como «golfa», que no describen, sino que estigmatizan, fijando socialmente a Victorita en una identidad degradada. Asimismo, los sustantivos que remiten a espacios cotidianos —«cena», «cocina», «cama»— intensifican la desgracia al situarla en el ámbito doméstico, tradicionalmente asociado a la protección, y mostrarla como una experiencia normalizada.

Desde la morfología verbal, la desgracia se articula a través de la alternancia entre formas perfectivas y durativas. Los verbos en pretérito perfecto simple, como «riñó», «le pegó», «salió» o «apagó», marcan los momentos clave en los que la desgracia se consuma como hecho irreversible, mientras que el pretérito imperfecto, en expresiones como «había estado callado» o «se oía el llanto», prolonga el sufrimiento y sugiere que la violencia no es puntual, sino sostenida. El uso del presente de indicativo en el diálogo intensifica el enfrentamiento y proyecta la desgracia como inmediata, mientras que el imperativo («apaga la luz») representa el grado máximo de dominación y clausura simbólica del conflicto.

En la morfología adjetival, predominan los calificativos peyorativos y descalificadores, especialmente en boca de la madre, como «tísico», «golfa», «mal educada» o «mocosa». Estos adjetivos no aportan matices descriptivos, sino que funcionan como instrumentos de agresión verbal, culpabilización y control moral, construyendo la desgracia como identidad impuesta. La práctica ausencia de adjetivos positivos refuerza la atmósfera de opresión y negatividad que envuelve la escena.

Finalmente, la morfología adverbial contribuye a intensificar la desgracia mediante adverbios de cantidad y frecuencia como «bastante», «más» o «todo el día», que subrayan su carácter excesivo y reiterado. Los adverbios de negación («no pisas», «no hace falta luz») y de modo («así») refuerzan la dimensión normativa y prohibitiva del discurso materno, presentando la desgracia como una consecuencia impuesta y cerrando toda posibilidad de respuesta. En conjunto, el plano morfológico configura la desgracia como una experiencia progresiva, corporalizada y normalizada, plenamente coherente con la visión crítica de La colmena.

En el plano sintáctico, el fragmento construye la desgracia mediante una sintaxis de oralidad violenta: predomina el discurso directo y la sucesión de enunciados breves, lo que genera un ritmo entrecortado y agresivo, propio de una discusión sin espacio para la reflexión. Esa parataxis se aprecia en intercambios rápidos como «—¿Cuándo dejas a ese tísico? … —Yo saco lo que me da la gana.», donde la frase corta funciona como golpe y réplica. La modalidad oracional refuerza la dominación: abundan interrogativas retóricas que no buscan respuesta, sino desautorizar («—¿Tú? ¡Tú qué vas a saber!»), y exclamativas que descargan violencia verbal y fijan el estigma («—¡Golfa! ¡Mal educada!»). La desgracia se convierte así en un clima sintáctico de presión constante.

Junto a ello, la madre articula la desgracia como sentencia normativa mediante estructuras de subordinación condicional: «…si te deja en estado, aquí no pisas». Esta construcción (condición → castigo) convierte el futuro en amenaza y clausura cualquier salida. El insulto se intensifica con enunciados nominales elípticos («¡Golfa!»), más tajantes que una oración completa, porque no argumentan: dictan. La negación refuerza la clausura («aquí no pisas», «no hace falta luz»), presentando la desgracia como prohibición y cierre del espacio (familiar y simbólico). El imperativo culmina el control: «—¡Niña, apaga la luz!», orden que no solo regula una acción, sino que impone el silencio final, sellando la desgracia en la oscuridad.

Frente a esta sintaxis del poder, Victorita intenta afirmarse con declarativas de primera persona («Yo ya sé lo que me hago», «Yo sé lo que necesito»), pero su discurso choca con preguntas, insultos y órdenes que lo anulan. Incluso el padre, aunque interviene, formula la situación con subordinación fatalista («cuanto más le digas va a ser peor»), reforzando la inevitabilidad. En conjunto, la sintaxis del fragmento convierte la desgracia en una experiencia inmediata: se impone a golpes de frase, se legitima como norma y termina en silencio.

En el plano léxico-semántico, el fragmento construye la desgracia mediante una constelación de campos léxicos que convergen en una misma idea: la vida de Victorita aparece atrapada entre enfermedad, estigma moral, violencia y silenciamiento. El léxico no se limita a nombrar; condena, amenaza y materializa la desgracia en el cuerpo y en el espacio doméstico, que deja de ser refugio para convertirse en escenario de castigo.

En primer lugar, resulta dominante el campo semántico de la enfermedad y la contaminación, que introduce una desgracia concebida como ruina física y como peligro que “se pega”. La madre reduce al novio a un diagnóstico: «tísico», término cargado de degradación, que no describe a una persona, sino que la sustituye por su dolencia. A esta reducción se suma «microbios», palabra que activa la imagen de infección y suciedad: el amor de Victorita se presenta así como foco de amenaza biológica. Esta elección léxica no solo ataca al novio: sirve para justificar la violencia verbal y moral contra la hija, porque la desgracia queda formulada como contagio inevitable.

Ligado a lo anterior aparece el campo semántico del cuerpo, donde la desgracia se vuelve plenamente tangible. «vientre» concentra la amenaza de un embarazo como sanción (“que un día te hinche el vientre”), y por tanto asocia el cuerpo femenino con el castigo y la vergüenza. Más tarde, la desgracia se materializa en «sangre» y «dientes», vocablos que remiten a la agresión física ya consumada: no estamos ante un miedo hipotético, sino ante una herida real. El paso de vientre (desgracia futura) a sangre (desgracia presente) muestra una progresión semántica: de la amenaza a la evidencia, reforzando el carácter inexorable del conflicto.

A continuación, el texto activa con fuerza el léxico de la descalificación moral y el estigma, núcleo esencial de la desgracia en clave social. El insulto «golfa», repetido y enfatizado («¡Que eres una golfa!»), no describe una acción concreta, sino que fija una identidad degradada. Es un término de condena social: la desgracia se convierte en etiqueta y, por tanto, en destino, porque una vez nombrada así, Victorita queda expulsada del reconocimiento. En el mismo sentido opera «mocosa», que infantiliza y desautoriza (“no sabes de la misa la media”): el léxico reduce a Victorita a incapacidad y dependencia, preparando el terreno para que el castigo parezca “lógico”. También es significativa la expresión «mal educada», que reviste de moralidad un acto de agresión: el léxico convierte a la víctima en culpable y convierte la desgracia en “merecida”.

Junto a este estigma, aparece un léxico de amenaza, expulsión y frontera, que convierte la desgracia en pérdida de lugar en el mundo. La frase «aquí no pisas» es clave: el adverbio deíctico «aquí» delimita un territorio (la casa, la familia), y la negación expulsa a Victorita simbólicamente del espacio que debería protegerla. La desgracia, así, no es solo dolor: es exclusión. En paralelo, el texto opone cocina/cama como espacios: de la cocina (conflicto público familiar) a la cama (soledad y llanto). Incluso los sustantivos domésticos aparentemente neutros («cena», «cocina», «cama») resultan expresivos porque sitúan la desgracia en lo cotidiano: no ocurre “en la calle” ni en un lugar extraordinario, sino en el centro de la vida diaria, lo que la hace más amarga y estructural.

Otro foco esencial es el léxico del control y la norma, que configura la desgracia como imposición moral. Expresiones como «no lo olvides» o «para dormir no hace falta luz» no son simples comentarios: son fórmulas de autoridad que presentan la violencia como regla y el sometimiento como sentido común. Especialmente significativa es la oposición léxica entre el “yo” de Victorita («Yo sé lo que necesito», «lo que me pase es cosa mía») y el lenguaje de la madre, que introduce la norma, el castigo y la exclusión. En términos semánticos, se enfrentan dos universos: el de la autonomía (necesito / me hago / cosa mía) y el de la coacción (olvides / no pisas / apaga). Esa oposición construye la desgracia como derrota de la voluntad individual frente al sistema familiar y social.

Además, la intervención del padre aporta un léxico de fatalismo y resignación, que ensancha la desgracia desde lo personal hacia lo inevitable. La frase «para lo que va a durar el pobre» introduce un tono de aceptación de la muerte y, por tanto, normaliza la desgracia como destino ya escrito. La palabra «pobre» funciona aquí menos como compasión real que como sello de final: el sufrimiento del otro se da por supuesto y se administra verbalmente. Esta resignación léxica no consuela a Victorita: la deja sin esperanza, y hace que la desgracia parezca el estado natural de las cosas.

Por último, el cierre del fragmento concentra la desgracia en un símbolo léxico de enorme potencia: «apaga la luz». La luz, asociada culturalmente a claridad, protección o amparo, se elimina por orden. El léxico final no clausura solo una acción doméstica: clausura la posibilidad de palabra, de reparación y de mirada. El llanto queda en penumbra, y la desgracia pasa a ser silenciosa, interior, sin testigos ni alivio. El texto, así, realiza un desplazamiento semántico decisivo: de la desgracia como amenaza (enfermedad/embarazo) a la desgracia como golpe (sangre) y, finalmente, a la desgracia como silencio impuesto (luz apagada).

El plano léxico-semántico evidencia que la desgracia en el fragmento no es un hecho aislado, sino un entramado: se expresa como contaminación, se inscribe en el cuerpo, se fija como estigma moral, se impone como norma y culmina como silencio. Esa red léxica, coherente con la mirada social de La colmena, convierte la escena doméstica en un espejo de una sociedad donde la desgracia no sorprende: se administra.


Desde una perspectiva intertextual, el fragmento de La colmena puede ponerse en relación con otras novelas representativas de la narrativa española de posguerra, que comparten una misma mirada crítica sobre la desgracia cotidiana, la violencia estructural y la falta de horizontes vitales. En este sentido, el texto dialoga especialmente con Nada, de Carmen Laforet, donde el espacio doméstico se presenta igualmente como un lugar de opresión y degradación. Al igual que Victorita, la protagonista de Nada se ve atrapada en un entorno familiar marcado por la violencia verbal, el desequilibrio emocional y la pobreza moral, configurando una desgracia silenciosa que no estalla en grandes tragedias, pero que erosiona profundamente la identidad del personaje.

Asimismo, el fragmento puede relacionarse con La familia de Pascual Duarte, del propio Camilo José Cela, donde la desgracia aparece como un destino casi fatal que se hereda y se reproduce en el ámbito familiar. Aunque el enfoque estilístico es distinto —más extremo y violento en el tremendismo—, ambas obras comparten la representación de un entorno doméstico en el que la agresión física y moral se normaliza, y donde la familia, lejos de ser refugio, se convierte en el origen del sufrimiento. En ambos casos, la desgracia no es un accidente, sino una condición estructural de la existencia.

También resulta pertinente la relación con El camino, de Miguel Delibes, novela en la que, aunque con un tono menos violento, se refleja igualmente una realidad marcada por la resignación, el peso de las normas sociales y la imposibilidad de escapar del entorno. Como en La colmena, los personajes viven sometidos a un destino que parece ya trazado, y la desgracia se manifiesta más por la falta de alternativas que por hechos excepcionales.

De este modo, el fragmento analizado se inserta plenamente en una red intertextual de la posguerra española que concibe la desgracia como una experiencia colectiva, cotidiana y normalizada. Frente a la tragedia grandilocuente, estas novelas optan por mostrar un sufrimiento íntimo, doméstico y persistente, donde la violencia, la pobreza y la frustración configuran el horizonte vital de los personajes. Cela, al igual que otros narradores de su tiempo, convierte así la desgracia en un rasgo definitorio de la realidad social de la posguerra, reflejando una sociedad en la que el dolor no sorprende, sino que forma parte del día a día.

En conclusión, el fragmento de La colmena ofrece una muestra especialmente significativa de la narrativa social de posguerra al representar la desgracia no como un hecho excepcional, sino como una condición cotidiana y estructural de la existencia. A través de una escena doméstica aparentemente banal, Camilo José Cela construye un conflicto donde la violencia verbal, moral y física se impone como forma habitual de relación, especialmente sobre la mujer joven, cuyo intento de afirmar su autonomía se ve anulado por la autoridad familiar y social. El análisis de la historia y del relato ha puesto de manifiesto cómo la objetividad del narrador, la focalización externa y el tiempo escénico convierten al lector en testigo directo de una desgracia que se vive sin explicación ni consuelo. Asimismo, el estudio de los planos lingüísticos revela que todos los recursos —desde la aspereza fónica hasta la sintaxis autoritaria y el léxico de enfermedad, estigma y silencio— convergen en la construcción progresiva de esa desgracia, primero anunciada, luego ejercida y finalmente interiorizada. La intertextualidad con otras novelas de la posguerra confirma que este sufrimiento no es individual, sino colectivo, reflejo de una sociedad marcada por la represión, la resignación y la falta de horizontes. De este modo, el fragmento condensa el proyecto narrativo de La colmena: mostrar una realidad en la que la desgracia no irrumpe de forma trágica, sino que se instala en lo cotidiano hasta volverse norma, silencio y destino.

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