Nos encontramos ante un fragmento en prosa perteneciente a la tradición narrativa culta medieval vinculada a la materia clásica troyana. La invocación directa “¡Ay Eneas!” (lín. 7) permite localizar con seguridad el episodio dentro del ciclo de reescrituras romances del relato de Troya, difundidas en Castilla durante la segunda mitad del siglo XIII y muy productivas en el entorno cultural alfonsí y postalfonsí. El texto adopta forma epistolar y patética: la hablante se dirige al destinatario para rogarle una muestra de afecto y, ante la negativa, evoluciona hacia la amenaza de muerte y el suicidio, con un fuerte componente de persuasión emocional. Se trata, por tanto, de un pasaje literario en el que el castellano funciona ya como lengua de cultura, capaz de vehicular retórica afectiva, argumentación y dramatización, rasgo coherente con la consolidación del romance como instrumento expresivo a partir del siglo XIII.
En el plano del contenido, el fragmento presenta una progresión dramática bien trabada y claramente escalonada. En el inicio se formula una petición condicional de amor y de alivio, “E si quier deues lo fazer por me mostrar algun poco damor” (lín. 1), que se apoya en una imagen de calma exterior con correlato interior, “que mientras se amansan las mares, que pudiesse yo amansar el mio coraçon del gran amor” (lín. 1-2), de modo que la hablante convierte el estado del mar en metáfora del propio ánimo. A continuación, el discurso pasa de la súplica a la gestión del sufrimiento: “y entre tanto iré aprendiendo cuemo me pueda afazer a tristeza e a coyta” (lín. 3-4), donde el dolor se conceptualiza como hábito que debe aprenderse, y se refuerza la idea de autodominio en “esforçaré mio coraçon de guisa cuemo lo pueda soffrir” (lín. 4). El giro decisivo llega con la adversativa “Pero” (lín. 4-5), que introduce la ruptura del tono conciliador y abre la vía a la amenaza: “si desto no as sabor e quieres en todas guisas que me muera” (lín. 4-5), seguida de la acusación directa “digote que esta crueza non la puedes mostrar grand tiempo” (lín. 5-6) y del anuncio de autodestrucción “ca luego me quiero liar de luenga pena” (lín. 6). Finalmente, el texto alcanza el máximo patetismo mediante apóstrofe e imagen visual: “¡Ay Eneas!” (lín. 7), “la mi figura” (lín. 8), “la espada que me diste” (lín. 9), “lagremas” (lín. 10) y, sobre todo, “gotas de la mi sangre” (lín. 11), hasta desembocar en la lectura moral de la acción: “bien acuerda est espada con el galardón que tú me das” (lín. 12) y en la clausura sentenciosa que fija la herida amorosa como estado permanente, “el mio coraçon sea llagado… ca siempre lo fue desque te yo vi, de muy fuert amor” (lín. 14-16). El tema central es el amor concebido como fuerza absoluta y destructiva, sostenido por un campo semántico de dolor físico y emocional y por una estrategia retórica de intensificación.
La fijación cronológica se apoya en los planos lingüísticos. En el plano fónico, el sistema vocálico responde al modelo pentavocálico romance ya estabilizado en el siglo XIII y no muestra vacilaciones sistemáticas propias de estadios más tempranos. Se conserva regularmente la vocal final en “pena” (lín. 6), “figura” (lín. 8), “sangre” (lín. 11) y “amor” (lín. 16), lo que confirma que no actúa una apócope extrema generalizada, frecuente en los siglos XI y XII y aún visible hasta mediados del XIII, pero progresivamente restringida desde la segunda mitad de ese siglo. En el fragmento aparece “grand tiempo” (lín. 6), que convive con “gran amor” (lín. 2), evidenciando vacilación medieval en la apócope del adjetivo procedente del latín GRANDEM; esta coexistencia es típica de los siglos XII-XIII y tiende a resolverse en favor de “gran” a partir del XIV, quedando “grand” como forma arcaizante. Se observa igualmente apócope en “fuert amor” (lín. 16), del latín FORTEM, donde tras la diptongación Ŏ > ue, plenamente asentada desde los siglos IX-X, se pierde la vocal final -e, fenómeno habitual en castellano medieval que retrocede desde el siglo XIV con la generalización de “fuerte”. El arcaísmo “luenga pena” (lín. 6), del latín LONGAM, confirma la diptongación (Ŏ > ue) y aporta valor cronológico: “luengo/luenga” es muy común en los siglos XII-XIII y empieza a retroceder desde el XIV a favor de “largo/larga”. A ello se suma la presencia de variantes medievales con interés cronológico, como “lagremas” (lín. 10), del latín LACRIMAS, forma ampliamente documentada en la prosa medieval y que tiende a regularizarse hacia “lágrimas” entre los siglos XIV y XV, y “primeramientre” (lín. 15), que se simplifica hacia “primeramente” desde el siglo XIV. “Damor” (lín. 1) muestra contracción gráfica de “de amor”, frecuente en transmisión manuscrita medieval y compatible con la escritura de los siglos XIII-XIV.
Desde el punto de vista gráfico-fonético, se observa la indiferenciación medieval entre u/v y entre i/y. Formas como “voluntad” (lín. 7), “vales” (lín. 13) y “vi” (lín. 15) muestran la grafía v en un sistema donde la oposición fonológica /b/–/v/ está neutralizada en gran medida ya en los siglos XIII-XIV; la escritura medieval, además, distribuye u/v con criterios posicionales más que fonológicos, y la fijación normativa llegará en la Edad Moderna. Del mismo modo, la alternancia i/y se aprecia en “iré” (lín. 3), “iníos” (lín. 8-9), “ayra” (lín. 10) y “si” (lín. 1 y 11), donde y puede representar valor vocálico dentro de diptongo o semiconsonántico; esta fluctuación se reduce con la estandarización renacentista.
En el consonantismo, el texto conserva el sistema medieval de sibilantes anterior al reajuste de los siglos XV-XVI. “Coraçon” (lín. 2 y 15) con ç remite a la africada dental sorda /t͡s/ procedente de -TIONE(M); “crueza” (lín. 5) y “vez” (lín. 10) con z reflejan la africada dental sonora /d͡z/ del sistema medieval; y la x de “troxieras” (lín. 9) representa la fricativa prepalatal sorda /ʃ/, que no se velariza hacia /x/ hasta el proceso culminado en el siglo XVI. En cuanto a palatalizaciones vinculadas a yod, “llagado” (lín. 15), del latín PLAGA, muestra el resultado PL- > ll-, fenómeno consolidado ya en el siglo XII, y “coraçon” incorpora el resultado palatal-africado derivado de -TION-. No aparecen ejemplos con ñ, por lo que no puede alegarse aquí evolución nasal palatal: la ausencia también es un dato filológico que conviene dejar explícito.
Especial relevancia tiene la conservación gráfica de la F inicial latina, rasgo de gran valor cronológico. En el fragmento se documentan “fazer” (lín. 1 y 3), de FACERE; “fecho” (lín. 12), de FACTUM; “figura” (lín. 8), de FIGURA; y “fuert” (lín. 16), de FORTEM. Aunque la aspiración de F- inicial ante vocal se documenta ya desde el siglo X y acabará dando lugar a la h- muda moderna (hacer, hecho), la tradición escrita medieval conserva la grafía etimológica F- hasta finales del siglo XV y comienzos del XVI. La presencia sistemática de F- sin alternancia con H- refuerza la adscripción medieval del texto y su coherencia con otros rasgos previos a la fijación ortográfica clásica.
En el plano morfológico, el rasgo nominal más datador es el uso reiterado del posesivo reforzado con artículo, construcción muy frecuente en castellano medieval y en declive a partir del siglo XV: “el mio coraçon” (lín. 2 y 14-15), “la mi figura” (lín. 8), “los mios iníos” (lín. 8-9) y “la mi sangre” (lín. 11). En la morfología verbal aparecen formas propias del sistema medieval: el imperfecto de subjuntivo en -ra, “troxieras” (lín. 9), heredero del pluscuamperfecto latino; el imperfecto en -se, “matasse” (lín. 13), procedente de las formas latinas en -SSEM; y el futuro sintético “aguijare” (lín. 13), resultado histórico del esquema infinitivo + HABEO, plenamente productivo en la Edad Media. Se documenta enclisis pronominal en “digote” (lín. 5), comportamiento regular en el castellano medieval con verbo inicial afirmativo. Además, el texto hace un uso muy característico de perífrasis y construcciones modales medievales con verbos de voluntad y posibilidad: “quieres… que me muera” (lín. 5), “me quiero liar” (lín. 6), “me pueda afazer” (lín. 3), “lo pueda soffrir” (lín. 4), “se cumpla” (lín. 14), que estructuran una retórica de necesidad, decisión y amenaza. La forma “cuemo” (lín. 3, 4 y 8), procedente de QUŌMODO, muestra una variante medieval (cuemo/cuomo/como) documentada especialmente entre los siglos XII y XIV y en retroceso desde el XIV con la fijación de “como”, por lo que su presencia repetida aporta consistencia cronológica.
El plano sintáctico, aquí sí de modo más exhaustivo, confirma el carácter medieval tanto por conectores como por organización del periodo. El texto se construye sobre una cadena de subordinación y coordinación muy propia de la prosa medieval, con abundancia de copulativas y enlaces discursivos. La coordinación aparece de forma sistemática: “E si quier…” (lín. 1), “y entre tanto…” (lín. 3), “y esforçaré…” (lín. 4), “y gotas…” (lín. 10-11), “E non tengas…” (lín. 14). La adversación organiza el giro argumentativo: “Pero si desto no as sabor…” (lín. 4-5) introduce ruptura del pacto afectivo; “mas en vez de lagremas ayra cayeran” (lín. 10) intensifica el contraste, sustituyendo el llanto por ira. La subordinación condicional estructura la persuasión: “si desto no as sabor…” (lín. 4-5) y “si tu consejo no das…” (lín. 11), “ca si me no vales…” (lín. 13), donde la amenaza se presenta como consecuencia lógica de la falta de ayuda. La temporalidad aparece con “mientras” (lín. 1) y “entre tanto” (lín. 3), que organizan la espera y el aprendizaje del dolor, y con “desque” (lín. 15) que fija el origen de la herida amorosa. El uso reiterado de la conjunción causal “ca” es especialmente significativo: “ca luego me quiero liar” (lín. 6), “ca en el fecho parece” (lín. 12), “ca si me no vales” (lín. 13), “ca siempre lo fue” (lín. 15). Este nexo, muy frecuente en los siglos XIII y XIV en causales explicativas, entra en declive desde el XIV y es percibido como arcaico en el XVI frente a “porque”; que aparezca cuatro veces en un fragmento tan breve demuestra un patrón sintáctico medieval estable. También son relevantes las estructuras de estilo directo y apelación: el apóstrofe “¡Ay Eneas!” (lín. 7) y el juramento “Par Dios, Eneas” (lín. 11) intensifican la presencia del emisor y constituyen fórmulas típicas de oralización retórica en prosa medieval. Por último, la distribución de incisos explicativos y complementos largos (“teniendo sobre los mios iníos la espada que me diste, que troxieras de Troya”, lín. 8-9) muestra un periodo amplio, acumulativo, muy característico de la sintaxis medieval narrativa.
El plano léxico-semántico también debe evidenciarse con mayor densidad. El fragmento organiza su léxico en varios campos claramente funcionales. Predomina el campo del sufrimiento amoroso y psicológico: “tristeza” (lín. 3), “coyta” (lín. 4 y 11), “pena” (lín. 6), “crueza” (lín. 5), “amor” (lín. 2 y 16), “coraçon” (lín. 2 y 15). Se refuerza con el campo corporal y violento, que materializa el dolor: “espada” (lín. 9), “lagremas” (lín. 10), “ayra” (lín. 10), “sangre” (lín. 11), “matasse” (lín. 13), “llagado” (lín. 15). Aparece el campo de la deliberación y el consejo, que construye la lógica persuasiva: “consejo” (lín. 11), “voluntad” (lín. 7), “sabor” (lín. 4-5, con valor de ‘gusto/voluntad’), “parece” (lín. 12, como marcador de evidencia). Resulta especialmente medieval el léxico cortés y caballeresco: “galardón” (lín. 12), que remite a la recompensa propia del universo caballeresco, aquí usado con ironía trágica al asociarlo al arma; “despensa” (lín. 14), con sentido medieval de ‘gasto/coste’, clave para la amenaza “con poca despensa se cumpla todo esto” (lín. 14); y “guisa” (lín. 4 y 5, “de guisa”, “en todas guisas”), giro muy frecuente en prosa medieval con valor modal intensificador. También “luenga” (lín. 6) y “primeramientre” (lín. 15) funcionan como arcaísmos léxicos característicos del periodo, y “Troya” (lín. 9) actúa como marcador cultural de la materia clásica reescrita.
En conclusión, la convergencia de evidencias permite situar el fragmento con seguridad en un estadio medieval pleno, muy verosímilmente entre la segunda mitad del siglo XIII y las primeras décadas del XIV (aprox. 1250–1325). La conservación del sistema sibilante medieval (ç en “coraçon”, lín. 2 y 15; z en “crueza”, lín. 5, y “vez”, lín. 10; x en “troxieras”, lín. 9), la presencia sistemática de F- inicial latina (“fazer”, lín. 1 y 3; “fecho”, lín. 12; “figura”, lín. 8; “fuert”, lín. 16), la reiteración de “ca” como nexo causal (lín. 6, 12, 13, 15), el posesivo con artículo (lín. 2, 8-11, 14-15), la enclisis (“digote”, lín. 5), las variantes medievales “cuemo” (lín. 3, 4, 8), “luenga” (lín. 6), “primeramientre” (lín. 15), la vacilación “gran/grand” (lín. 2 y 6) y un léxico cortés y patético coherente (“coyta”, lín. 4 y 11; “galardón”, lín. 12; “despensa”, lín. 14) construyen un perfil lingüístico y estilístico plenamente medieval, anterior al reajuste fonológico de los siglos XV-XVI y anterior a la simplificación morfosintáctica que caracteriza al castellano clásico

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