4 de marzo de 2025

OPOELITERARIA. COMENTARIO POÉTICO XVII. LOS INDECIBLES, DE JOSÉ MARÍA GARCÍA LINARES.



Nos encontramos ante una composición lírica contemporánea escrita en verso libre, sin sujeción a un esquema métrico regular ni a un patrón fijo de rima. No responde a ninguna forma estrófica tradicional —no es soneto, romance ni silva—, sino que adopta una disposición versal abierta y flexible, característica de buena parte de la poesía española actual. Esta libertad formal no es arbitraria: la ausencia de regularidad métrica y de estructura cerrada se vincula de manera coherente con el contenido del poema, centrado en la pérdida de orden y de sentido del lenguaje. La forma, por tanto, ya anticipa el conflicto temático que vertebra la composición.

El texto pertenece a José María García Linares, poeta melillense contemporáneo cuya escritura se inscribe en una línea claramente reflexiva y metapoética. El poema forma parte del libro Muros (2010),  obra en la que el autor articula una reflexión sostenida sobre los límites —lingüísticos, existenciales y comunicativos— que separan al sujeto de los otros y de sí mismo. En este marco, la crisis del lenguaje que aquí se plantea no constituye un motivo aislado, sino que se integra en una poética más amplia que problematiza la incomunicación y la fragilidad del sentido en el mundo contemporáneo. La desaparición de los pronombres, la carencia de adjetivos y el vaciamiento del significado no son solo imágenes puntuales, sino manifestaciones de ese “muro” simbólico que impide al sujeto afirmarse y reconocerse.

Desde el punto de vista histórico-literario, la composición se inscribe en el marco de la lírica española contemporánea, en un contexto en el que los moldes métricos tradicionales dejan de ser norma obligatoria y el verso libre se consolida como cauce expresivo predominante. Asimismo, la intensa subjetividad del discurso y la reflexión sobre la identidad remiten a una tradición de poesía existencial que, desde la segunda mitad del siglo XX, ha problematizado la relación entre el sujeto y la palabra. En este sentido, el poema puede vincularse con la corriente metapoética y con una sensibilidad posmoderna caracterizada por la fragmentación, la crisis del significado y la desconfianza hacia las certezas estables.

Así pues, nos hallamos ante un texto plenamente inserto en la poesía española actual, donde la palabra ya no aparece como instrumento transparente de comunicación, sino como materia frágil y cuestionada, convertida en el verdadero núcleo del conflicto poético.

A continuación, se iniciará el análisis del plano del contenido de la composición. El yo poético expresa una profunda crisis del lenguaje que desemboca en una crisis de identidad. Desde el inicio, se nos presenta un deterioro progresivo de las palabras, que “se han ido derritiendo” en el recuerdo, hasta el punto de que los pronombres han muerto y ya no quedan adjetivos para calificar la realidad. El yo poético se reconoce como “significante sin significado”, incapaz de nombrarse y de afirmar su propia existencia ante el otro. Esta pérdida del poder de la palabra implica también la pérdida de historia y de derecho a decirse. El poema concluye con la imagen de la lluvia, que humedece y emborrona las palabras, simbolizando la disolución final de la esperanza y del sentido. Por lo tanto, el tema principal de la composición es la pérdida del lenguaje como pérdida de identidad y de sentido existencial.

En cuanto a la estructura, debemos distinguir entre la organización externa y la interna del poema.

Externamente, la composición está escrita en verso libre, con versos de extensión irregular y sin un esquema métrico o estrófico tradicional. No obstante, el texto se organiza visualmente en bloques que responden a unidades de sentido. Esa fragmentación formal ya anticipa la fractura temática que vertebra el poema: la descomposición del lenguaje.

Desde el punto de vista interno, siguiendo el análisis estructura de la retórica clásica, la composición poética puede analizarse del siguiente modo: 

El exordio se sitúa en los versos 1 al 6, desde “Esperamos tanto bajo el cielo” hasta “que murieron los pronombres”. En este arranque se presenta la imagen nuclear del deterioro: la espera prolongada provoca que las palabras se derritan y culmina con la contundente afirmación de la muerte de los pronombres. Aquí queda planteada la anomalía fundamental: la desaparición del instrumento que permite la identidad.

La narratio abarca los versos 7 al 15, desde “Vivimos en los infinitivos” hasta “y empieza a no ser nada”. En este bloque se describen las consecuencias de esa muerte lingüística: se vive en categorías gramaticales vacías, no quedan adjetivos para calificar la realidad y aquello que antes tenía sentido comienza a diluirse. Se expone el estado de degradación progresiva del lenguaje y del mundo.

La argumentatio se desarrolla desde el verso 16 al 28, desde “Somos miles de significantes sin significado” hasta “a ser hombres y mujeres con historia…”. Aquí se formula explícitamente la tesis del poema: el sujeto reducido a significante vacío. A partir de esa metáfora central se despliegan las consecuencias existenciales: la imposibilidad de decir “yo”, la pérdida del derecho a pronunciarse y la desarticulación de la identidad histórica.

Dentro de esta sección puede señalarse una refutatio implícita en los versos 24 al 28, desde “Acaso hemos perdido…” hasta “a ser hombres y mujeres con historia…”, donde se cuestiona la posibilidad de recuperar el derecho a nombrarse. No se desmonta un adversario explícito, pero sí se desactiva cualquier esperanza ingenua de restauración inmediata del sentido.

La peroratio ocupa los versos 29 al 35, desde “Vuelve a llover” hasta “a emborronarse”. El poema abandona aquí la argumentación conceptual y se concentra en una imagen simbólica poderosa: la lluvia que humedece y borra. El proceso descrito se materializa visualmente. El lenguaje no solo ha perdido significado; ahora se desdibuja físicamente ante el lector.

En esta composición predomina claramente la función poética, no solo por tratarse de un texto literario, sino porque el propio lenguaje se convierte en tema del poema. Expresiones como “murieron los pronombres” o “somos miles de significantes sin significado” evidencian una elaboración metafórica que subraya la materialidad de las palabras y su vaciamiento semántico. La forma del discurso refuerza así el contenido: el poema no solo habla de la crisis del lenguaje, sino que la construye estéticamente.

Junto a ella destaca la función expresiva, marcada por el uso reiterado de la primera persona del plural (“esperamos”, “no sabemos”, “somos”), que proyecta la crisis del yo hacia una dimensión colectiva. Las interrogaciones retóricas intensifican la sensación de desconcierto y ponen de relieve la angustia identitaria que atraviesa el texto. La función apelativa aparece de manera puntual en el intento de dirigirse a un “tú”, lo que revela el deseo —frustrado— de comunicación. Finalmente, la función referencial actúa como soporte del discurso al describir el proceso de degradación lingüística, aunque siempre subordinada a la dimensión poética y emotiva.

Todas estas funciones convergen para reforzar el tema central: la pérdida del lenguaje como pérdida de identidad y de posibilidad de encuentro.

Antes de adentrarnos en el análisis detallado por planos, conviene señalar que el comentario que sigue se ajusta a una metodología lingüístico-estilística que concibe el texto poético como una estructura orgánica en la que todos los niveles —fónico, morfosintáctico y léxico-semántico— interactúan para construir sentido. Siguiendo planteamientos como los de Marcos Marín o Isabel Paraíso, no se trata de enumerar recursos de manera aislada, sino de demostrar cómo cada elemento formal contribuye a reforzar el tema central del poema.

En el plano fónico, aunque nos hallamos ante un poema en verso libre, es posible advertir una organización sonora que contribuye significativamente a la construcción del sentido.

En cuanto al vocalismo, se percibe un predominio de vocales abiertas, especialmente /a/ y /e/, en términos clave como “esperamos”, “palabras”, “desgracia”, “historia”, “libertad” o “distancia”. Estas vocales abiertas generan una resonancia amplia y clara que contrasta con el contenido de deterioro y vaciamiento semántico. La apertura vocálica parece expandir el sonido mientras el significado se reduce, lo que produce una tensión expresiva coherente con el tema. Frente a ellas, la presencia de vocales cerradas en palabras como “sin”, “vivir”, “significado” o “incomprensible” introduce una tonalidad más contenida y oscura, asociada a la idea de encierro y pérdida.

En el consonantismo destaca la reiteración de la /s/, alveolar, fricativa, sorda, en secuencias como “somos significantes sin significado”. Esta aliteración genera un efecto de susurro continuo, casi de deslizamiento, que sugiere la erosión progresiva del sentido. Asimismo, la repetición de nasales como la /n/ (nasal, alveolar, sonora) en posición final o interior de palabra intensifica la sensación de interiorización y gravedad conceptual, reforzando el tono reflexivo del poema.

Desde el punto de vista métrico, no existe un cómputo silábico regular ni un esquema de rima estable, lo que confirma la adscripción al verso libre. Sin embargo, la irregularidad no implica ausencia de ritmo. Si atendemos a la disposición acentual interna, se advierte una tendencia hacia un ritmo predominantemente yámbico en varios versos, es decir, con apoyos acentuales que recaen con frecuencia en sílabas pares, lo que genera una cadencia progresiva y reflexiva. Esta pulsación relativamente suave y ascendente se adecua al tono meditativo del poema. No obstante, dicha regularidad rítmica se ve constantemente interrumpida por variaciones acentuales, lo que provoca una sensación de inestabilidad coherente con la fractura temática.

Los encabalgamientos desempeñan un papel esencial en la configuración rítmica. Abundan los encabalgamientos suaves, en los que la unidad sintáctica rebasa el límite del verso sin producir una ruptura brusca, como ocurre desde el primer verso (“Esperamos tanto bajo el cielo / que se han ido derritiendo…”). Esta continuidad sintáctica que desborda el verso crea un efecto de fluidez y de progresiva disolución, como si el sentido no pudiera contenerse dentro de los márgenes formales. El encabalgamiento se convierte así en un recurso expresivo que simboliza el derramamiento del significado.

En cuanto a la modalidad oracional, predominan las enunciativas, aunque aparecen interrogativas retóricas como “Cómo vivir, cómo decirnos…”, que introducen un tono dubitativo y existencial. Esta oscilación tonal contribuye a expresar la incertidumbre del sujeto ante la imposibilidad de nombrarse.

En el plano morfosintáctico, el análisis confirma que la crisis del lenguaje enunciada temáticamente se proyecta también en la configuración gramatical del poema.

Desde el punto de vista morfológico, se observa un claro predominio de sustantivos abstractos: “recuerdo”, “desgracia”, “dolor”, “significado”, “historia”, “libertad”, “distancia”. La escasez de sustantivos concretos evidencia que el conflicto no se sitúa en un plano material, sino conceptual y existencial. No se describe un paisaje físico, sino un estado de conciencia. Esta abstracción léxica refuerza el carácter reflexivo del texto.

Especial relevancia adquieren los sustantivos pertenecientes al ámbito gramatical: “palabras”, “pronombres”, “adjetivos”, “significantes”, “significado”. El poema introduce terminología lingüística dentro del discurso lírico, lo que intensifica su dimensión metapoética. No se trata solo de hablar con palabras, sino de hablar sobre las palabras, y esa autorreferencialidad es clave para entender el tema.

En cuanto a los verbos, predominan las formas en primera persona del plural: “esperamos”, “no sabemos”, “somos”, “vivimos”. Este plural inclusivo amplía la experiencia individual hacia una dimensión colectiva, universalizando la crisis. No es únicamente el yo quien ha perdido el lenguaje, sino una comunidad entera. Asimismo, la aparición del pretérito perfecto simple “murieron” introduce un matiz de irreversibilidad: la muerte de los pronombres se presenta como un hecho consumado, no como un proceso reversible.

La adjetivación es escasa, lo cual resulta especialmente significativo si recordamos que el propio poema afirma que “no nos quedan adjetivos”. La pobreza adjetival no es casual, sino coherente con el contenido: el empobrecimiento del lenguaje se manifiesta también en la limitación descriptiva. Cuando aparecen adjetivos como “incomprensible”, adquieren un valor intensificador y puntual, pero no ornamental.

En cuanto a los pronombres, su tratamiento es fundamental. El texto tematiza su desaparición (“murieron los pronombres”), lo que convierte esta categoría gramatical en símbolo de identidad. El uso reiterado de “nos” y “somos” subraya la dimensión colectiva, mientras que la dificultad para afirmar el “yo” explicita la fractura del sujeto. El poema pone en evidencia que el pronombre personal no es solo un elemento gramatical, sino la base de la construcción identitaria.

Si atendemos al plano sintáctico siguiendo la estructura retórica establecida, observamos que cada parte del poema presenta rasgos gramaticales significativos en relación con el tema.

En el exordio (vv. 1-6) destaca de manera evidente una construcción consecutiva intensiva: “Esperamos tanto bajo el cielo / que se han ido derritiendo en el recuerdo las palabras”. El esquema correlativo tanto… que… establece una relación directa de causa-consecuencia entre la experiencia humana (la espera prolongada) y la disolución del lenguaje. La subordinada consecutiva funciona como núcleo sintáctico del deterioro: la pérdida de las palabras no es arbitraria, sino resultado de una intensidad vivida. A ello se suma la oración “No sabemos cómo nos llamamos”, que incorpora una subordinada sustantiva interrogativa indirecta (“cómo nos llamamos”), reforzando la incertidumbre identitaria. El bloque culmina con la oración causal “porque hace meses que murieron los pronombres”, donde la subordinada introducida por “porque” aporta explicación y cierre lógico. Sintácticamente, el exordio combina subordinación consecutiva y causal para presentar la muerte lingüística como proceso argumentado y no meramente emocional.

En la narratio (vv. 7-15) predomina la estructura paratáctica, especialmente mediante enumeraciones yuxtapuestas: “Vivimos en los infinitivos, / en los adverbios sin lugar, / en un texto incomprensible”. Esta serie de complementos circunstanciales, coordinados por simple yuxtaposición, genera acumulación y sensación de vaciamiento progresivo. La oración “No nos quedan adjetivos para calificar el tiempo y sus pesares” incorpora una subordinada final (“para calificar…”), que evidencia la frustración funcional del lenguaje: los adjetivos ya no cumplen su finalidad. Asimismo, la coordinación copulativa en “y tememos olvidar esta desgracia” añade consecuencia emocional al deterioro descrito. La sintaxis aquí se caracteriza por la acumulación y la extensión progresiva, reflejando gramaticalmente la expansión del vacío semántico.

En la argumentatio (vv. 16-28) adquiere especial relevancia la estructura atributiva: “Somos miles de significantes sin significado”. Se trata de una oración copulativa cuyo atributo (“miles de significantes sin significado”) concentra la tesis del poema. La construcción es sintácticamente sencilla, pero semánticamente densa: la identidad queda definida mediante una relación atributiva que reduce el sujeto a pura forma vacía. A continuación predominan las interrogativas retóricas (“Cómo vivir, cómo decirnos…”), construidas mediante infinitivos elípticos que suprimen el verbo principal, lo que genera fragmentación sintáctica. Esta elipsis refuerza la idea de imposibilidad: ni siquiera la oración se completa. Las subordinadas introducidas por “cuando” (“cuando aprieta el hambre”) aportan circunstancialidad temporal, anclando la crisis lingüística en la experiencia vital. La sintaxis alterna afirmaciones categóricas e interrogaciones incompletas, intensificando la dimensión existencial del conflicto.

Dentro de esta sección, la refutatio implícita (vv. 24-28) se articula mediante la construcción dubitativa “Acaso hemos perdido…”, donde el adverbio modal introduce vacilación y cuestionamiento. La subordinación completiva en “el derecho a pronunciar nuestro derecho” y las subordinadas finales implícitas (“a reencarnarnos…”, “a ser hombres y mujeres con historia”) dependen de un mismo núcleo verbal, generando una estructura en cadena. Esta acumulación subordinada sugiere que la recuperación de la identidad depende de condiciones que parecen inalcanzables, lo que desactiva cualquier esperanza inmediata de restauración del sentido.

Finalmente, en la peroratio (vv. 29-35) predomina una sintaxis más breve y coordinada: “Vuelve a llover. / Se mojan mis cabellos. / Se humedecen mis palabras.” Son oraciones simples, de estructura sujeto-verbo, que aportan inmediatez y efecto visual. La sencillez sintáctica contrasta con la densidad conceptual anterior, trasladando el conflicto al plano sensorial. El poema se cierra con la perífrasis aspectual “han empezado a emborronarse”, donde el valor incoativo (“han empezado a…”) indica un proceso en curso, no concluido. Sintácticamente, el deterioro no ha terminado: está comenzando. El lenguaje no solo se ha vaciado; continúa borrándose.

En el plano léxico-semántico, el poema construye su sentido a través de una red de campos léxicos muy cohesionados que evolucionan de forma paralela al desarrollo retórico del texto. La palabra clave de la composición es, sin duda, “palabras”, auténtico eje semántico, y a su alrededor se organizan las palabras testigo, pertenecientes al ámbito de la lengua y la gramática: “pronombres”, “adjetivos”, “nombrar”, “decir”, “significantes”, “significado”. El poema no utiliza el lenguaje solo como instrumento, sino como tema: lo que está en crisis no es un sentimiento aislado, sino la capacidad misma de significar y, con ello, la posibilidad de existir como sujeto.

Desde el exordio (versos 1-6), el léxico introduce ya la idea de desgaste mediante una poderosa metáfora: las “palabras” se “han ido derritiendo”. El verbo activa un campo semántico de disolución que convierte lo abstracto en materia frágil. No se rompen, no desaparecen de golpe: se licúan. Esa elección verbal sugiere un proceso lento e inevitable, reforzado por la construcción consecutiva “Esperamos tanto… que…”, que presenta la pérdida como consecuencia de una experiencia prolongada. El sintagma “bajo el cielo” amplía el marco y aporta un matiz de universalidad, como si la degradación afectara a la condición humana en su conjunto. Aquí el tema aparece en germen: el lenguaje pierde consistencia y, con él, comienza a tambalearse el sentido.

En la narratio (versos 7 - 15), el léxico se vuelve más técnico y explícito. Aparecen categorías gramaticales concretas: “pronombres”, “adjetivos”, y acciones esenciales como “nombrar”. La expresión “murieron los pronombres” constituye una clara personificación: una categoría lingüística adquiere rasgos humanos, intensificando la gravedad de la pérdida. No se trata de un simple olvido, sino de una muerte simbólica. Del mismo modo, “No nos quedan adjetivos” evidencia un empobrecimiento expresivo que implica incapacidad para caracterizar el mundo. La enumeración “su grisura, su libertad, su distancia” funciona como amplificación semántica y crea una isotopía de lo inasible: son realidades abstractas que requieren lenguaje para existir plenamente. La acumulación subraya la amplitud de aquello que ya no puede ser dicho. Aquí el tema se hace evidente: sin herramientas lingüísticas, la realidad empieza “a no ser nada”.

En la argumentatio (versos 16 - 28), el plano léxico-semántico alcanza su máxima densidad conceptual. El binomio “significantes / significado” introduce una oposición estructural que funciona como auténtica antítesis filosófica. La metáfora “Somos miles de significantes sin significado” condensa la tesis del poema y opera además como hipérbole, al universalizar la experiencia mediante el cuantificador “miles”. El ser humano queda reducido a forma vacía, a pura carcasa verbal. Esta formulación encierra también una paradoja implícita: existir como significante sin contenido supone una contradicción esencial, que traduce la fractura identitaria del sujeto contemporáneo. En este tramo aparece igualmente el léxico identitario y social —“hombres y mujeres”, “historia”— vinculado estrechamente a la palabra, lo que sugiere que la identidad personal y colectiva depende de la posibilidad de nombrarse. Las interrogativas retóricas “Cómo vivir, cómo decirnos…” refuerzan el campo semántico de la comunicación y del reconocimiento: no se trata solo de hablar, sino de constituirse como sujeto ante uno mismo y ante el otro. Aquí la crisis lingüística se revela definitivamente como crisis del yo.

En la peroratio (versos 29 - 35), el poema abandona parcialmente la terminología conceptual y se apoya en un léxico sensorial y simbólico que materializa el conflicto. La lluvia (“Vuelve a llover”) activa un campo semántico del agua, la humedad y el borrado: “se mojan”, “se humedecen”, “emborronarse”. Esta imagen funciona como símbolo de disolución progresiva. La personificación reaparece cuando las palabras se humedecen, y el verbo “emborronarse” introduce una metáfora visual ligada a la escritura: la identidad y la esperanza se comportan como tinta que se corre sobre el papel. Incluso términos como “creer” y “esperar”, pertenecientes al ámbito de la fe y la proyección hacia el futuro, quedan sometidos al mismo proceso de borrado. La lluvia, lejos de purificar, diluye; lejos de limpiar, desdibuja.

Como se puede observar, el poema organiza su léxico en dos grandes isotopías que se entrelazan constantemente: la del lenguaje —palabras, pronombres, adjetivos, nombrar, significantes, significado— y la de la desaparición progresiva —derretirse, morir, llover, humedecer, emborronar—. La primera define el objeto de la crisis; la segunda describe su modo de avance. A través de metáforas, personificaciones, antítesis y matices hiperbólicos, el texto convierte el deterioro lingüístico en imagen simbólica de la fractura identitaria. Perder las palabras equivale, en este universo poético, a perder la historia, la consistencia del yo y la posibilidad misma de esperanza.

En cuanto a la intertextualidad, el poema se inscribe con claridad en una tradición de la literatura española que ha problematizado la identidad y la palabra como fundamento del ser. La crisis del lenguaje que aquí se formula encuentra ecos evidentes en la poesía existencial de la posguerra. Autores como Blas de Otero, especialmente en Ángel fieramente humano, convierten la palabra en espacio de lucha y de búsqueda angustiada de sentido; la voz poética pelea con Dios, con el silencio y con la insuficiencia del lenguaje. Del mismo modo, en Hijos de la ira, Dámaso Alonso presenta una palabra desgarrada, incapaz de dar respuestas en un mundo incomprensible. En ambos casos, como ocurre en el poema que analizamos, la palabra deja de ser instrumento seguro y se transforma en territorio problemático: el lenguaje ya no sostiene al sujeto, sino que evidencia su fractura.

La imposibilidad de decir “yo” y la conciencia de desposesión identitaria remiten asimismo a la tradición unamuniana. En San Manuel Bueno, mártir, Miguel de Unamuno explora la tensión entre fe, identidad y verdad, mostrando cómo el sujeto se construye en el relato que hace de sí mismo. La idea de que sin historia no hay identidad conecta directamente con esta preocupación por la intrahistoria y por la necesidad de narrarse para existir. Cuando en el poema se afirma que ya no se puede ser “hombre o mujer con historia”, se está reformulando esa misma angustia: sin palabra no hay relato, y sin relato no hay ser.

Pero además, el texto dialoga con una tradición metapoética muy sólida en nuestra lírica contemporánea. La metáfora “significantes sin significado” enlaza con la reflexión sobre el signo poético presente en la obra de José Ángel Valente, donde el lenguaje aparece a menudo como insuficiente, desgastado o necesitado de depuración extrema. En Valente, la palabra se vacía para intentar alcanzar una verdad más esencial; aquí, en cambio, el vaciamiento conduce a la nada, lo que intensifica el tono desencantado del poema. También puede establecerse un puente con Jaime Gil de Biedma, cuya conciencia de que el yo es una construcción verbal —visible en Las personas del verbo— ilumina la idea de que, si el pronombre desaparece, el sujeto se desmorona. La identidad, en ambos casos, depende del lenguaje que la articula.

Incluso la imagen final de la lluvia que emborrona las palabras puede ponerse en diálogo con la tradición simbólica de Antonio Machado, especialmente en Campos de Castilla, donde el paisaje refleja estados anímicos. Sin embargo, mientras en Machado la lluvia puede sugerir introspección o regeneración, en este poema adquiere un valor inverso: no purifica, sino que borra; no fecunda, sino que diluye. Esta inversión del símbolo revela una sensibilidad más cercana al desencanto contemporáneo que a la esperanza regeneracionista.

En conclusión, el poema dialoga tanto con la tradición existencial española del siglo XX como con la corriente metapoética que cuestiona la solidez del signo y la estabilidad del yo. La crisis del lenguaje, la pérdida de historia y la reducción del sujeto a “significante sin significado” enlazan con preocupaciones centrales de nuestra literatura moderna y contemporánea. El texto no surge en el vacío, sino que continúa  una larga reflexión española sobre la fragilidad de la palabra y su papel decisivo en la construcción del ser.


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