- ¿Dónde se encontraba el rey Midas al comienzo del relato?
¿Qué estaba haciendo Midas en la sala de los tesoros?
¿A quién vio Midas dormitando debajo de un árbol?
¿Quién era Sileno y a qué dios acompañaba?
¿Durante cuántos días agasajó Midas a Sileno antes de llevarlo ante Dioniso?
¿Dónde encontraron a Dioniso cuando fueron a verle?
¿Qué le ofreció Dioniso a Midas como recompensa?
¿Cuál fue el deseo que pidió Midas a Dioniso?
¿Qué advertencia le dio Dioniso antes de concederle el deseo?
¿Qué ocurrió con la carroza de Midas cuando regresó a casa?
¿Qué les sucedió al pan y al vino cuando Midas intentó comer y beber?
¿Qué les ocurrió a los hijos de Midas cuando lo abrazaron?
¿Qué sonido producen las lágrimas de Midas al caer al suelo y en qué se transforman?
¿A qué río envió Dioniso a Midas para librarse del hechizo?
¿Cómo se sintió Midas al final del relato, después de haber perdido su oro?
En esto vio a través de la ventana a un viejo que dormitaba debajo de un árbol. El forastero se despertó e incorporó. Era Sileno, miembro de la corte de Dioniso, el dios del vino. Sintiéndose muy honrado por la presencia de tan ilustre invitado, Midas agasajó a Sileno durante diez días antes de que regresara junto a Dioniso, en el Monte Olimpo.
Al cabo de estos días los dos hombres se personaron ante Dioniso, al que encontraron descansando en su viña y comiéndose un racimo de uvas.
—Te estoy muy agradecido, Midas —dijo—. Sileno es un viejo y querido amigo al que tú has tratado con gran cordialidad. Pide lo que quieras en recompensa y yo te lo concederé.
El rey sabía que Dioniso podía conceder cosas maravillosas, e inmediatamente pensó en el oro. Era oro lo que quería, oro y más oro.
—Concédeme que todo cuanto toque se convierta en oro —dijo.
—Te concedo tu deseo, Midas, pero algún día te arrepentirás de tu codicia. ¡Recuerda mis palabras!
Muy satisfecho por haberle sido concedido su deseo, Midas montó en su carroza y corrió a casa para contárselo a todos. Apenas hubo pisado el suelo de la carroza, ésta se convirtió en oro macizo. Midas soltó una exclamación de gozo al ver que su túnica, su manto y sus sandalias se convertían también en oro.
Al llegar a casa, las puertas del palacio se convirtieron en oro nada más tocarlas él. Lo mismo sucedió con los adoquines del patio cuando sus pies se posaron sobre ellos y con la flor que cogió del jardín del palacio. La flor perdió su aroma y su color al instante, pero eso a Midas le traía sin cuidado. La conservaría en su sala de los tesoros para siempre; era para él un tesoro más preciado que un centenar de flores frescas.
—¡Soy rico, soy rico! ¡Soy el hombre más rico del universo! —gritó Midas a sus sirvientes—. ¡Si lo deseáis, puedo haceros ricos a todos! ¡Fijaos! ¡Puedo convertir este muro en oro! ¡Puedo convertir el palacio entero en oro macizo!
Y cuando acarició afectuosamente a su caballo, el animal hizo sonar sus cascos sobre los dorados adoquines y luego se quedó inmóvil, tan inmóvil como una estatua de oro.
Midas se encaminó hacia su biblioteca con paso lento, pues sus ropajes de oro comenzaban a pesarle, y tocó las estanterías y los rollos de pergamino con sus dedos. ¡Todo ello se convirtió en oro ante su atónita mirada!
—¡Tráeme algo de comer! —ordenó a un sirviente, sonriendo de satisfacción.
Cuando el sirviente vio los adoquines dorados, las columnas doradas, los papiros dorados y las paredes doradas, se quedó pasmado. Colocó la bandeja de comida ante el rey, junto con un recipiente con agua para que Midas se lavase las manos. Pero cuando el rey metió los dedos en el agua, ésta se convirtió en oro macizo.
El rey lanzó una exclamación de asombro y tomó muy despacio un pedazo de pan. Al instante el pan se transformó en oro. Y cuando Midas se dispuso a tomar un sorbo de vino, el líquido se volvió dorado en la copa. Luego alargó la mano y asió el brazo del sirviente, terriblemente confundido, y dijo:
—¿Qué puedo hacer? ¡No puedo beber ni probar bocado!
El sirviente no respondió. Estaba tan inmóvil como una estatua, contemplando a Midas con sus ojos dorados. Se había transformado en oro de los pies a la cabeza.
—¡Padre! ¡Padre! ¡Haz que mi carruaje sea dorado! ¡Y mi plato, y mi cuchara!
Las voces procedían de los hijos menores del rey, que entraron precipitadamente en la habitación extendiendo sus brazos.
Midas trató de prevenirles, pero los niños se acercaron corriendo a él y le besaron y abrazaron, convirtiéndose al instante en dos figuras de oro macizo.
El rey rompió a llorar, y sus lágrimas cayeron al suelo, cling, cling, cling, convertidas en gotas de oro.
Cuando Midas regresó a los viñedos del Monte Olimpo, sentíase agotado por el peso de sus ropas de oro. ¡Cómo ansiaba verse libre de su tacto de oro! ¡Cómo anhelaba probar las uvas moradas que pendían de las vides! Pero sabía que eso era imposible.
—¿Y bien, Midas? —resonó una voz en tono despectivo—. ¿Tienes ya oro suficiente para saciar tu codicia?
—Detesto el oro —contestó Midas, desesperado—. ¿Por qué me concediste este estúpido deseo? No puedo comer ni beber y mis amados hijos se han convertido en oro macizo. ¡Te lo suplico, Dioniso, líbrame de esta terrible maldición!
Dioniso no pudo contener la risa al ver lo mucho que había cambiado Midas en un solo día. Pero al fin se apiadó de él y dijo:
—Ve al río Pactolo y lávate en sus aguas.
Midas se detuvo junto al río, vacilando. ¿Se convertirían las turbias aguas en oro y moriría él ahogado en ellas?
Lentamente, se arrodilló y cogió un poco de agua con las manos. Al llevarse las manos a la cabeza, dejó que el agua se deslizara por entre sus dedos y sobre su cuerpo cubierto de oro. Unas pequeñas láminas de oro fueron desprendiéndose lentamente y cayeron al río, depositándose en el fondo.
Midas cogió agua con las manos una y otra vez y se lavó hasta que hubo desaparecido todo el oro que le cubría. Y al tocar con sus manos la verde hierba que crecía a la orilla del río, ésta no se convirtió en oro.
Entonces vio una vasija alta junto al río y, después de llenarla de agua, regresó apresuradamente a palacio.
Una vez allí, lavó a sus hijos dorados y adorados. Cuando terminó, su hija le echó los brazos al cuello y le besó, y su hijo se puso a hablar como si nada hubiera sucedido:
—¿Y podrás convertir la tierra en oro, y el mar, y el cielo?
—Silencio —dijo Midas—. No quiero oír hablar de oro. No quiero volver a ver oro en mi vida. Ahora, ayudadme a traer agua del río. Voy a lavar el palacio palmo a palmo.
Y así lo hizo. Primero lavó a su criado, luego a su caballo, luego los muros y los suelos, y por último las columnas, las estanterías y las puertas de la biblioteca.
Al poco rato, el único oro que quedaba en el reino de Midas era el que se hallaba guardado en la sala de los tesoros. Aparte, claro está, de las diminutas láminas de oro que yacían ocultas en el fondo del río Pactolo.
Midas se sintió feliz aunque ya no tuviera oro.
En la sala de los tesoros.
Estaba contando su dinero.
A Sileno.
Sileno era miembro de la corte de Dioniso, el dios del vino.
Durante diez días.
En su viña, comiendo un racimo de uvas.
Le ofreció concederle cualquier deseo como recompensa.
Que todo cuanto tocara se convirtiera en oro.
Que algún día se arrepentiría de su codicia.
Se convirtió en oro macizo.
El pan se transformó en oro y el vino se volvió dorado.
Se convirtieron en dos figuras de oro macizo.
Suenan “cling, cling, cling” y se convierten en gotas de oro.
Al río Pactolo.
Se sintió feliz, aunque ya no tuviera oro.



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