21 de julio de 2015

RELATO CORTO. UN DÍA CUALQUIERA DE MI VIDA. ALEJANDRO AGUILAR BRAVO.



UN DÍA CUALQUIERA DE MI VIDA


Acababan de dar las seis de las mañanas y, en breves momentos, vendrían a despertarme. Me gustaría poder levantarme una hora más tarde o, incluso, dos, pero… ¡Qué desfachatez! Solo con pensar en esa insensatez hace que todo mi cuerpo se estremezca. No podría soportar otro día más sin probar bocado…


De repente, una robusta mujer de avanzada edad, la matrona como se hace llamar, entró en mi habitación. En su juventud tuvo que ser una bella y elegante dama de la alta sociedad, la cual perdió su fortuna y se quedó en la mísera ruina. Sin embargo, el estrago del tiempo no se olvidó de ella, convirtiéndola en lo que es, una vieja decrépita y desagradable. 


− Levanta de una vez, Rania, ordenó con voz agria. Prepárate que te esperan.


Como es habitual en esta mujer, se marchó del dormitorio dando un estrepitoso portazo.


Sin más remedio, me levanté y fui directamente al cuarto de baño, un pequeño habitáculo que, hace algún tiempo, tuvo que ser de color blanco. Ahora se caracterizaba por ese color grisáceo que engalanan sus paredes y ese olor fétido, que, a pesar de haber intentado erradicarlo, aún seguía allí, inmutable a pesar del tiempo. Después de hacer mis necesidades primarias, me duché, eso sí, con agua fría… ¿Qué se sentirá poder ducharse, al menos, con agua tibia? Lo ignoro, no obstante, puedo asearme decentemente.


Tras salir del baño, llegó uno de los peores momentos del día: decidir que atuendo debería ponerme para poder estar adecuada ante la situación que se me avecinaba. Mi madre siempre decía que el rojo era un color que hacía resaltar mis encantos. Es normal, ya que en las chicas de piel pálida y cabellos dorados es un color que siempre suele favorecernos. A pesar de ello, he acabado detestando ese color, debido a que odio ir favorecida y prefiero no destacar entre la multitud. Por todo esto, siempre opto por tonos oscuros, fríos y pálidos. Mientras rebuscaba en el amplio vestidor, encontré un vestido ceñido de color gris, con amplio escote y una falda tan corta, tan corta, que dejaba poco para la imaginación. Creedme si os digo que ese atuendo era el más recatado que pude encontrar.


Una vez colocado el uniforme de trabajo, me percaté de que estaba tardando más de la cuenta, de modo que, rápidamente, entré al baño, si se le puede llamar así, y empecé a peinarme y a maquillarme con gran velocidad. Es curioso, ya que arreglarme velozmente ha sido un valioso don. Intentar ocultar los frutos de mi rebeldía lo antes posible ha hecho que tenga un gran dominio en esta técnica artística.


Si mi madre hubiera podido verme, diría que estaba reluciente. No obstante, eso ya no importa… ella ya no me podrá contemplar jamás. No puedo perder el tiempo en estas tonterías, pensé, así que salí corriendo de la habitación y, como cabía de esperar, me dejaron sin desayunar a causa de mi retraso ¡Solo tardé quince minutos, pero eso ya no importaba!


− No puedes hacerles esperar, dijo con acritud la matrona. Sin ellos no duraríamos ni tres días, ¿me comprendes, Rania?


− Prefiero no contestar, dije con rotundidad, algo que conllevó un terrible golpe que estropeó toda mi labor artística.


− ¡Cuándo aprenderás, ingrata!, gritó la matrona. ¡Ahora corre, te esperan en la veinticuatro! ¡Lleva esperándote más de quince minutos!


Dejé la habitación y salí corriendo hacia la cabina veinticuatro. Pegué tres golpes en la puerta nada más llegar y escuché como alguien me decía que pasara con gran amabilidad. ¡Qué desagradable palabra! ¡Amabilidad! ¡Cómo si sus palabras fuesen sinceras! No recuerdo ya la última vez que me trataron con auténtica amabilidad…


Lentamente abrí la puerta de la mencionada cabina y allí encontré algo difícil de escribir. Debería tener más o menos la edad de mi abuelo, alrededor de los sesenta y cinco años. Sin embargo, allí se encontraba un anciano demasiado obeso para su edad, cubierto de pelo por todas las partes de su cuerpo, excepto por su reluciente cabeza, tumbado en una cama mugrienta en calzoncillos. Hizo un gesto que obedecí sin dudar. Recuerdo la última vez que rechacé uno similar, y no se lo recomiendo a nadie. Pasé cerca de cinco días metida en un hospital de mala muerte, inconsciente de la paliza que me dio la matrona. ¡Si supieran lo cruel que llega a ser a veces!


− Cariño, dijo el anciano, no tengas miedo, no voy a hacerte daño.


− Lo sé, señor, respondí con timidez.


− Te pareces tanto a mi nieta Deborah. Tan pequeña y tan bella, ¿cuántos años tienes?


− Los mismos que su nieta me figuro, le insinué.


− Entonces seguro que te gustan los muñecos tanto como a ella.


− Nunca he tenido un muñeco, señor. No tenemos tiempo para ello. Tenemos que trabajar mucho.


− Pues no te preocupes, yo te daré uno.


Ya podéis imaginar cuál fue el don que me obsequió aquel dichoso anciano, y, por desgracia, tuve que aceptarlo sin más. Así fue mi despertar y, a partir de este indeseable, pasaron por mí ocho hombres más, la mayoría como aquel que me trató por lo que soy, una niña de once años que arrebataron a su madre con tan solo cinco años de edad.


Ahora me hallo tumbada en mi cama, después de este ingrato día, escribiendo como es una jornada de mi vida, con el fin de que alguien lo lea algún día y se compadezca de una pobre niña que con tan solo cinco años le arrebataron su libertad.

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